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LA ABSURDA LOGICA DE LOS NUMEROS

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En la Argentina impera la lógica de la movilización y de los números. Esta afirmación implica que para hacer un reclamo es necesario cortar una calle, una ruta o hacer una marcha a Plaza de Mayo; porque de otra manera los funcionarios que tienen que intervenir en el asunto directamente ignoran la petición y el problema. Por supuesto, que la movilización debe ser potente para ser tenida en cuenta, requisito que se mide no en la legitimidad o la gravedad del reclamo sino en la cantidad de gente movilizada. Así, la lógica del gobierno es sencilla y lineal: cuanta más gente movilizada, más importante es el reclamo. En este sentido, los medios tienen una lógica similar a la del gobierno y se preocupan por mostrar números luego de cada movilización importante; que por supuesto variarán de acuerdo a la proximidad o lejanía de cada medio con respecto al gobierno. En este contexto, es interesante comparar la cantidad de asistentes que tuvo la marcha reclamando por más seguridad. Para La Nación fueron más de 10.000, más de 7.000 para Clarín, unos 3.000 consignó Tiempo, en cambio para Diario Popular fueron “miles de personas” mientras que para Crónica apenas unos “centenares”. Es evidente que no se intenta preservar la objetividad es una cuestión tan fáctica como es la cantidad de personas que fueron a marchar. Los que inflan el número quieren resaltar la falta de políticas del gobierno y los que adrede subestiman la cantidad de concurrentes buscan restarle entidad al reclamo. Un gran absurdo.
¿Alguien puede creer que la falta se seguridad no es un problema en la Argentina? ¿Si a la marcha fueron unos pocos centenares el problema es menor o no existe? ¿Si asistieron cientos de miles entonces el problema merece una solución? Así, siguiendo el razonamiento podría esbozarse que la calidad de la solución también debería estar en relación con la cantidad de gente convocada. Más gente requiere una mejor solución, en cambio una menor cantidad de asistentes no necesita una solución demasiado potente porque el problema no debe ser demasiado grave.  En realidad todo es un razonamiento falso.

Nadie puede negar que la seguridad es el problema que más preocupación genera entre los argentinos. Miles de llamados a los medios y cientos de encuestan los prueban. Semana tras semana los medios se inundan de casos resonantes debido a la violencia de los hechos y a los antecedentes de sus autores; que luego de varios días ceden su protagonismo por la irrupción de un nuevo hecho que conmueve a la sociedad que impresiona más que el anterior. El mecanismo se repite una y otra vez y la mala noticia es que se seguirá repitiendo porque sencillamente nadie hace nada en serio para detener el ciclo. Ahora, la absurda guerra de los números que se juega en los medios y entre los políticos no tiene sentido. A esta altura de los acontecimientos, disminuir la cifra de los asistentes a una marcha ya no puede disimular el problema e inflarlos no lo va a dotar de mayor entidad. Por eso, es totalmente superfluo si en la Plaza de Mayo había 100 o 100.000 personas reclamando más seguridad. No importa porque es un dato menor frente a un problema mayor. El verdadero y más grave problema de la seguridad no es la seguridad, sino que ni el oficialismo ni la oposición tienen una verdadera decisión de solucionar el tema. Los primeros porque niegan la cuestión, apelando al mismo mecanismo que utilizan con la inflación. Los ministros Aníbal Fernández y Julio Alak ya han dicho que los delitos bajaron. Los segundos, porque más allá de las declaraciones de ocasión, no han presentado una verdadera propuesta que presione al oficialismo para discutir una verdadera política de Estado y temen que los primeros los acusen de totalitarios y represores.
Desafortunadamente, en la Argentina la discusión sobre la crisis de la inseguridad no pasa más allá de slogans entre la mano dura y el garantismo mal entendido, cuando ya está probado una y otra vez que ninguna de las dos posturas de extrema resuelve el problema, que al final todo queda circunscripto a la parálisis en la implementación de líneas de acción efectivas; que –al final-redunda en un agravamiento de la situación. En suma, lo que se ve es una gran falta de eficacia cuyo resultado son más muertos.
Mientras la marcha se llevaba adelante o había terminado poco antes, Orlando Barone –desde el nacional y popular 6,7,8- decía que lo que había era la implantación del miedo y que estaba preocupado, obviamente dejando entrever que detrás del reclamo se puede esconder una suerte de conspiración destituyente. Barone se escandalizaba porque la marcha había sido convocada bajo la consigna “Nos están matando”. Y sí Barone nos están matando, que querés que diga la gente; ¿que la culpa es de los grupos concentrados de poder que quieren disputarle el poder al matrimonio presidencial para volver al paradigma de los ‘90?. Barone vive en Suiza en el mismo barrio que Aníbal Fernández y Julio Alak.
No importa cuánta gente hubo en la marcha, el problema de la inseguridad no va a dejar más o menos grave y las especulaciones numéricas no harán más que agravarlo. Las soluciones no son fáciles ni rápidas pero es hora que el poder empiece a conmoverse por los muertos.

MATIAS BERARDI: ACA FALTA UN AMIGO

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Nunca escribo mis notas en primera persona, por esa regla que el periodista es un observador y debe mantener una prudente distancia de los hechos. Hoy es la excepción. Hace un rato terminó la marcha reclamando justicia por el secuestro y asesinato de Matías Berardi, que se hizo en la plaza central de Ingeniero Maschwitz. Acá en el pueblo que adopté como propio desde hace seis años, por eso en esta oportunidad me resulta difícil mantener la distancia que tenemos que tener los periodistas. Hoy, no quiero ser sólo un periodista también siento la necesidad de ser un vecino más de Maschwitz.

Todo el pueblo está en la marcha, me cruzo con mucha gente con la que nunca hablé pero que nos hemos visto las caras muchas veces. Después de haber cubierto muchas marchas, me impresiona ésta porque no está “aparateada”. Todos los que fueron a la plaza lo hicieron por su necesidad de reclamar justicia. No hay columnas organizadas siguiendo las órdenes de un puntero, no están ahí para que el político de turno los vea. Decenas de personas están allí porque quieren justicia. Hay chicos, muchos chicos que lloran y llevan carteles. Eso también impresiona. Cantan frente a la comisaria que “acá falta un amigo” y muchos se quiebran en llanto. Creo que son demasiado chicos para llorar la muerte de un amigo, que lo asesinaron porque sí o porque estuvo en el lugar equivocado en el momento justo.

No puedo calcular la cantidad de gente que hay, pero es mucha para este pueblo que a pesar de estar tan cerca de Buenos Aires todavía preserva bastante de pueblo. Pero también pienso que es poca frente a la cantidad de casos de inseguridad, expresión que termina siendo un eufemismo para disfrazar la cantidad de muertos a causa de un Estado ausente. La gente está indignada, tiene bronca y putea contra la policía, los políticos y las leyes. Después de una vuelta a la plaza, la concentración se congrega frente a la comisaría donde la marcha llega a su clímax.  Los chicos dirigen la marcha mientras que los adultos permanecen en un discreto segundo plano. ¿No son demasiado chicos?, me pregunto una y otra vez. Ellos deciden el cántico que van a entonar, se ponen adelante del resto frente a las puertas de la comisaria que permanece cerrada; todo un símbolo para un Estado que considera que la seguridad sólo es una sensación e incluso sus funcionarios como el Aníbal Fernández y Julio Alak no dudan en decir que el delito ha bajado. Obviamente, la gente congregada en la plaza de Maschwitz no piensan lo mismo. “Aníbal, Aníbal donde estás? Deja de hablar por Twitter y ponete a laburar”, cantaban los chicos espontáneamente, después empalmaban con “Acá falta un amigo” y no podía evitar conmoverme. Otra vez pensaba ¿No son demasiado chicos?

IMG00038-20101001-1734En la plaza de Maschwitz estaba la gente real, esa que no se ve desde las alturas de los helicópteros o que está demasiado lejos de las alfombras del poder. Había gente de todo tipo, algunos más acomodados que otros pero todos laburantes que muy probablemente les resulte muy lejano el culebrón de Papel Prensa o las construcciones retóricas de la Presidenta pero estaban allí pidiendo que el Estado dejara de decir ausente. Estaban allí pidiendo justicia y paz y que no los sigan matando. ¿Es mucho pedir?

Pensaba si Cristina y Néstor, si Aníbal Fernández y el resto de los voceros de siempre que tienen respuestas para todo hubieran estado ahí, palpando el drama de la gente real; no los problemas de las estadísiticas y de los índices fraguados por Guillermo Moreno. Me hubiera gustado que palparan lo que sentían los vecinos de Maschwitz entre los que habría votantes del kirchnerismo y de la oposición. Le reclamaban a un gobierno que se vanagloria de la presencia del Estado, la presencia del Estado. La contradicción en su máxima expresión.

Pocas veces ví tanta gente llorando, indignados, con bronca y salvo por unos pocos radicalizados, que siempre los hay, nadie pedía mano dura ni pena de muerte. La tristeza y la congoja se palpaba en el aire, se transmitía, se tocaba y por momentos los aplausos lo invadían todo haciendo que la escena ganara en dramatismo. Sentí que había más bronca y tristeza que sed de venganza.

Ingeniero Maschwitz es un pueblo de casas bajas y alrededor de su plaza está la iglesia, la comisaría, el banco y la delegación municipal; es un pueblo tipo. No experimentó la explosión de los barrios cerrados de Pilar y aún conserva esa fisonomía de antaño cuando la zona todavía no se había puesto de moda y la gente no emigraba desde Buenos Aires hacia sus alrededores buscando tranquilidad. Esta particularidad hace que la marcha por el crimen de Matias Berardi sea más potente y tal vez más impresionante. Maschwitz despidió a Matias Berardi en la plaza, con aplausos y lágrimas pero también con bronca y con impotencia frente a un Estado que sigue ausente.

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DE ESO NO SE HABLA

AAG_3025 La Presidenta utilizó 72 minutos por cadena nacional para exponer el caso Papel Prensa. Cerca de una hora y media para presentar un informe confeccionado por los funcionarios que se abocaron con precisión a destruir la credibilidad del INDEC y privarnos a todos de estadísticas confiables. Siguiendo al pie de la letra la liturgia kirchnerista, el acto se presentó como un evento de características épicas con connotaciones fundacionales. El tono de la Cristina Fernández fue el de siempre, por momentos soberbio, burlón y descalificante; el estilo K en toda su expresión más allá de las equivocaciones y los furcios que muchos medios destacaron pero que no es un tema importante.

Descubrir la verdad está bien y siempre es un objetivo encomiable, pero eso no es lo que persigue. El verdadero objetivo es moldear el pasado para hacerlo funcional a intereses coyunturales, algo que raya lo perverso, en especial cuando ese pasado es trágico y está sembrado de muertos.

Nunca la Presidenta usó la cadena nacional para hablar del hambre en la Argentina, un país que produce alimentos para satisfacer las necesidades de 300 millones de personas pero que no es capaz de alimentar a 40. Tampoco la Presidenta se dedicó ni media hora para referirse a la inflación, y las contadas ocasiones que hizo alusión al tema, fue para defender la intervención de facto del INDEC y avalar las cifras de ese organismo. Pero jamás explicó por qué si la inflación es de un dígito los sindicatos cierran en paritarias incrementos salariales del 25% en promedio. No se trata de sindicatos contrarios al gobierno, son las organizaciones que dirige Hugo Moyano, uno de los principales aliados del gobierno y que esta semana fue entronizado como presidente del justicialismo de la Provincia de Buenos Aires.

La Presidenta prefiere dedicar su valioso tiempo a hablar de Papel Prensa mientras los precios siguen aumentando. Tampoco nunca dedicó una cadena nacional para explicar sus visión y sus planes para combatir la inseguridad, otro de los temas tabú que el gobierno prefiere evadir. En muy pocas ocasiones la Presidenta tuvo alguna palabra de contención hacia los familiares de las víctimas, sencillamente porque para el gobierno no es un problema, sólo se trata de una sensación amplificada por los medios. Entonces las víctimas no existen y si existen es preferible ignorarlas. La Presidenta no habla de estos temas que son de preocupación diaria de todos  los argentinos, no los reconoce y por lo tanto no los soluciona. Ella prefiere dedicarse a otra agenda, relacionada con sus intereses y los de su marido; mientras el pueblo mira desde el lado de afuera como el gobierno se aleja día a día de la realidad.

La señora Presidenta tampoco usó la cadena nacional para explicar cómo su fortuna personal y la de su marido aumentó exponencialmente desde que comparten el poder como si fuera un bien ganancial. Debió haberlo hecho porque a pesar de haber sido exonerados por un juez tan cuestionado como Norberto Oyarbide, siendo la persona más importante de la Argentina tiene la obligación de explicar por qué es cada vez más rica. A Cristina Kirchner, que cada día parece estar más ajena a los problemas de los argentinos y las argentinas, eso no le preocupa. Ella no le da explicaciones a nadie y tal vez hasta se ofenda por estos cuestionamientos. Convengamos que es una visión por cierto sumamente particular del progresismo, a través de la cual el derrame de la riqueza de un país engrosa los bolsillos de sus gobernantes.

No sólo se enriqueció la pareja presidencial en estos años, también se beneficiaron con el modelo dos de sus secretarios que poseen suntuosas residencias en el sur, funcionarios, familiares y los empresarios amigos del poder. De eso la Presidenta no habla, ni tampoco lo hacen los defensores que la rodean, verdaderos profetas de la nada; siempre solícitos a descalificar, ningunear y agredir.

No es un pecado ser rico, lo que es poderosamente llamativo es que alguien se haga mucho más rico a partir de su llegada al poder. Pero Cristina Kirchner prefiere dedicar su tiempo a Papel Prensa y a Héctor Magnetto; que ahora es el enemigo público número uno del gobierno pero desde el 2003 y hasta el 2006 fue uno de los aliados del poder.

No está mal tener presente el pasado porque eso evita volver a cometer los mismos errores, pero lo que no se puede admitir es la tergiversación de ese pasado con el único propósito de ponerlo en función de los intereses personales de unos pocos.

En el acto del martes el gobierno pareció querer ocupar el lugar de los jueces, algo similar con lo que ocurre en el caso Fibertel. Así, el gobierno investiga, acusa y parece que ahora también sentencia. Nadie puede poner en tela de juicio la legitimidad de origen de Cristina Fernández de Kirchner. Nadie puede poner en duda que ganó la presidencia por una diferencia holgada, pero ello no la habilita a arrogarse la facultad de reemplazar a los jueces; porque es el punto de inflexión en que un gobierno deja de ser democrático para convertirse en autoritario. Y, desafortunadamente, este gobierno poco a poco va adquiriendo rasgos en este sentido.

El matrimonio presidencial parece entender que la fuerza de los votos actúa como un bill de indemnidad que los faculta a reinar sin respetar límites. Es peligroso pero los Kirchner parecen  haber comenzado a transitar ese camino, que no es otro que el del autoritarismo. ¿Cuál será el próximo movimiento? ¿Qué sorpresa nos tiene deparada Néstor Kirchner? ¿Qué se estará planificando en la Casa Rosada y en la Quinta de Olivos? ¿Quién será el próximo blanco? No son preguntas antojadizas, surgen del pasado reciente y de la manera en que actúa el gobierno.

El intento de controlar a los medios no es una novedad en el gobierno, pero se exacerbó desde el resultado de las últimas elecciones porque Néstor Kirchner está convencido que a ellos se debió su derrota. Por eso, al principio de su mandato trató de seducirlos, objetivo que consiguió durante algún tiempo, después utilizó la publicidad oficial para premiar y castigar; método aún vigente. Intentó formar un multimedios con fachada privada para que operara de contrapeso a los medios independientes, pero nadie los lee porque la gente no es tan crédula como el gobierno sostiene. Tampoco resultó, entonces ahora decidió directamente destruir a la prensa independiente para uniformar el relato y que el discurso sea un monólogo sin fisuras. Desafortunadamente, todo hace presagiar que se vienen tiempos peores.

La gente ve como el sueldo se lo come la inflación, es presa de una delincuencia cada vez más violenta y en muchos casos no tiene sus necesidades básicas cubiertas. Pero la Presidenta no tiene tiempo para esos temas, está dedicada a cuestiones más importantes como Papel Prensa. De eso no se habla.

UNA OFRENDA A ESE DIOS LLAMADO RATING

A José Rodríguez Coronel le dicen “El Cheto” o “El Chilenito”, tiene 20 años y el jueves juntos con otros tres cómplices irrumpieron en horas del mediodía en la sucursal del Banco Nación de la localidad de Pilar. Cuando intentaron huir del banco llegó la policía y El Cheto se atrincheró en el local del nación sin el apoyo de sus colegas que consiguieron emprender la fuga. Rodríguez Coronel tomó a cuarenta rehenes, tenía un comportamiento alterado que le dificultaba a los negociadores de la policía acordar los términos de la entrega y comenzó a vivir sus quince minutos de fama.

El Cheto quería cámaras, que lo enfoquen decía y Guillermo Andino y Paulo Kablan de las cadenas América y C5N no dudaron en aprovechar el filón que les presentaba. Cumplieron el deseo de Rodriguez Coronel y sus quince minutos de fama y en una controvertida decisión lo pusieron al aire, aun a costa que ello podía implicar a los rehenes. “Andino y Kablan asumieron la ligereza que la TV emplea en el floreciente mundo de los reality shows sobre la marginalidad y el hampa. Pero la cosa tomó rápidamente un cariz mucho más peligroso, con el agravante de que todo ocurría en directo, sin red”, escribió al siguiente en La Nación Marcelo Stiletano en una columna donde critica el papel de los medios en la cobertura del hecho. Por su parte, Pablo Mendelevich, periodista y director de la carrera de periodismo de la Universidad de Palermo, en declaraciones a Contrapunto por FM Identidad 92.1 es categórico: “Fue patético en todo sentido, no solo en la transgresión ética por sobre los policías; toda la cobertura tan sensacionalista berreta. No te atrapaba nada, era de mala calidad. Me viene a la mente la película ‘Cuarto poder y la manipulación utilizando la toma de rehenes”.

El claro que el periodismo tiene empezar a transitar de una vez por todas el camino del profesionalismo. No se trata de no llevar información a la sociedad o de ejercer autocensura, pero es necesario comenzar a ser más cuidadoso porque non todo puede ser hecho en función de ese dios llamado rating. No es admisible poner en riesgo la vida de cuarenta rehenes sólo en pos de tener un punto más de rating y merced a ello obstaculizar la acción de la policía frente a una crisis como es la toma de un banco. En sus quinces minutos de fama El Cheto fumaba porros armados con billetes de cien pesos que se los hacía armar a uno de los empleados del banco, su carácter estaba alterado, estaba jugado como se dice en la jerga del hampa. El no tiene nada que perder pero los rehenes sí y el periodismo no puede prestarse a ser funcional a los caprichos de un delincuente para conseguir una mayor audiencia. Un periodista no está capacitado para mantener un diálogo con una persona con sus facultades obviamente alteradas porque una palabra dicha de más puede desencadenar una tragedia. Y, los únicos que van a perder, serán los rehenes.

Pablo Mendelevich en Contrapunto (FM Identidad 92.1)

CRISTINA NO VIVE EN LA ARGENTINA


Cristina Fernández de Kirchner asumió hace dos años con un índice de popularidad que superaba el 60%. Llegó al gobierno prometiendo jerarquizar las instituciones, implementar políticas de redistribución del ingreso y recrear un clima de tranquilidad luego de la crisis del 2001. Pero nada de eso ocurrió, o mejor dicho, sucedió todo lo contrario.

La primera señal que algo estaba mal ocurrió cuando la Presidenta ratificó a casi la totalidad de los integrantes del gabinete de su marido, muchos de los cuales sufrían un gran desgaste como Julio De Vido y Aníbal Fernández; y otros funcionarios de segunda línea de segunda línea como Guillermo Moreno y Ricardo Jaime. A los tres días de hacerse cargo del gobierno estalló el escándalo de la valija de Antonini Wilson y sus dólares venezolanos, que precipitó la salida de Uberti y un nuevo enfriamiento de las relaciones con los Estados Unidos.

Meses más tarde llegó la crisis del campo que marcó a fuego el gobierno de CFK y fue pródiga en frases poco felices por parte de la Presidenta como “el yuyo” y su vasto conocimiento sobre las actividades rurales que la llevaron a autodenominarse como “una experta” en la materia. En este marco, se produjo la estruendosa derrota de la Resolución 125 que no sólo se llevaron al ministro Martín Lousteau, una figura prometedora malograda por el matrimonio presidencial, sino también no poco jirones de poder y popularidad. La noche del voto “no positivo” de Julio Cobos, que marcó la ruptura definitiva con el vicepresidente que se convirtió en uno de los líderes mejor ponderados de la oposición; configuró una derrota que fue muy difícil de asimilar por los Kirchner.

El paso del tiempo fue desnudando que el verdadero rostro del poder era el de Néstor Kirchner, que nunca dudó en cargarse las decisiones centrales del gobierno; dejando a su mujer en un dramático segundo plano. Mientras el ex presidente quedaba al descubierto quedó al descubierto la figura de Guillermo Moreno, un funcionario multifacético siempre bien predispuesto para cumplir los mandados de Néstor. No cabe duda que la figura de Moreno claramente se convirtió en la contracara de la jerarquización de las instituciones, una bandera arriada por el gobierno hace mucho tiempo.

La destrucción de la credibilidad del INDEC fue el comienzo del aislamiento del gobierno con respecto a la sociedad, que no se conformó sólo con construir un relato de la realidad a su medida, sino que intentó –y sigue intentando- directamente fabricar una realidad distinta al que experimentan el resto de los argentinos. Si a la lucha contra el campo el gobierno puede teñirla de ideológica, en su afán por darle algún tipo de sustento, la disputa con los trabajadores del INDEC terminó rozando el ridículo y puso de manifiesto el objetivo aislacionista de la administración.

Cataratas de anuncios incumplidos, el ataque sistemático y desmedido a la prensa, la ley de medios, la reforma política y el ninguneo constante a la oposición y a las instituciones; terminaron por conformar un estilo que alejó a la Presidenta del pueblo. La misma dirigente que llegó a la Casa de Gobierno, desde hace mucho tiempo prefiere encabezar un acto sólo rodeada por quienes están dispuestos a aplaudirla y festejar sus ocurrencias; por lo general alimentadas de un corrosivo estilo soberbio en sus formas y superficial en sus contenidos.

Hoy, dos años después de su asunción, la popularidad de Cristina Kirchner se ha derrumbado. Sus ministros muestran verdaderos signos de fatiga política, los escándalos de corrupción surgen sin cesar, la inflación con alguna baja sigue siendo una de las más altas de la región.

La señora Fernández de Kirchner no vive en la Argentina, donde sus habitantes están asolados por el crecimiento del desempleo, el aumento de los precios y el incremento exponencial de la inseguridad. Estos son lo problemas que todos los días enfrentan los argentinos, pero son temas que tienen una preocupante ausencia de los discursos presidenciales. En esas ocasiones sólo se escuchan diatribas con un fino barniz ideológico, generalmente utilizado para fustigar a algún enemigo de turno pero raramente para que los argentinos conozcan el pensamiento presidencial sobre los temas preocupantes. Obviamente, al estar fuera de la agenda oficial los temas que más preocupan a los argentinos quedan sin resolver.

La Presidenta vive en un país donde hay seguridad, donde la gente tiene trabajo, hay pleno empleo, los precios no aumentan y el resto de las naciones envidian el paradigma de ese paraíso. Desafortunadamente, los argentinos vivimos en la Argentina donde las cosas son muy distintas.

EL FINO PALACIOS EN LA MIRA DE TODOS

Mauricio Macri debe haber pensado que el nombramiento de Jorge “El Fino” Palacios podría pasar bastante inadvertida, en medio de la derrota kirchnerista y de la polémica que está generado la gripe A. Después de todo el PRO había triunfado en la Ciudad y en la Provincia de Buenos Aires, y por estos fndías el gobierno no está en condiciones de criticar a nadie; mucho más preocupado en reconstruir su poder luego de la derrota del domingo. Las condiciones parecían presentarse como inmejorables. Por eso, decidió actuar rápido y firmó el nombramiento del polémico comisario. Sin embargo, la decisión de encumbrar a Palacios como primer jefe de la Policía Metropolitana está generando una crisis de tal magnitud que será difícil que el Jefe de Gobierno pueda superarla sin pagar el costo político. Además, descubre la verdadera concepción que tiene Macri sobre la seguridad, la mano dura con las prácticas más “tradicionales” de la Federal.

La comunidad judía también ha salido a criticar duramente la designación de Palacios y fue calificada como de “burla” por Sergio Burstein, integrante de la asociación de Familiares de la Víctimas de la AMIA. En la Legislatura, donde Macri tiene una holgada mayoría, la cuestión promete ser ríspida. La presidenta de la Comisión de Seguridad Silvia La Ruffa (Frente para la Victoria) ya anunció que quiere citar al Ministro de Seguridad Guillermo Montenegro para que dé explicaciones y en la misma línea se pronunció el Presidente del bloque del Acuerdo Cívico y Social, Sergio Abrevaya. Inclusive, el legislador adelantó que podrían aprobar una ley en la que se pidan determinados requisitos al jefe de la policía que Palacios no podría cumplir. Por su parte, el kirchnerista Diego Kravetz apunta a modificar la ley de seguridad y establecer el requisito que el jefe y el sub jefe de la policía sean propuestos por el Jefe de Gobierno pero con acuerdo de la Legislatura. El legislador tiene pensado convocar a una sesión especial para los próximos días.

El ex juez Guillermo Montenegro que llegó al gabinete de Macri de la mano de Gabriela Michetti, ha sido el encargado de implementar la defensa mediática del polémico policía. “No encuentro elementos para cuestionarlo. Palacios ya está trabajando, no hay marcha atrás. Evalué los cuestionamientos que se iban a hacer y ninguno me pareció de la contundencia necesaria como para desistir”, explicó el ministro porteño en su raid de medios y aseguró: “Hay un cuestionamiento de que del teléfono del señor Palacios se habían hecho dos llamados a Kanoore Edul. Se llamó para ver si estaba en la casa. Se lo detuvo en la puerta (a Edul).No entiendo cuál fue la animosidad.Tengo claro las implicaciones de Palacios en la causa. No hay nada de involucramiento penal en la investigación. Entiendo que es la persona más capacitada para ocupar el cargo”.

Alberto Nisman en Contrapunto

Sin embargo, el fiscal general de la causa Alberto Nisman no cree lo mismo. Hace alguno meses presentó al juez Ariel Lijo, a cargo de la investigación de la cadena de encubrimientos en el atentado contra la AMIA, un pedido de procesamiento contra Palacios. En Contrapunto, Nisman declaró que “procede el procesamiento y las pruebas son contundentes”. Para el fiscal, Palacios es autor de destrucción y adulteración de documento público, incumplimiento de los deberes de funcionario público y omisión de actuar en la persecución y represión de delincuentes en calidad de partícipe necesario. Así, a pesar de lo declarado por el ministro Montenegro hay un claro involucramiento penal, algo que puede ser percibido hasta por un estudiante de Derecho. Por eso no es aventurado afirmar que Montenegro defiende lo indefendible y trata de restarle importancia a las imputaciones que hace Nisman pero basta con leer alguno de los tramos del pedido de procesamiento del fiscal para comprender que Palacios –por lo menos- debería estar preocupado.

El 1 de agosto de 1994 se había ordenado allanar dos domicilios pertenecientes a Kanoore Edul, un de los imputados en el atentado. En su escrito Nisman sostiene: “Habrá de recordarse que a las 11:29 y 11:36, respectivamente, del 1° de agosto de 1994, las fincas ubicadas en Constitución 2633 y Constitución 2745 cuyo registro domiciliario ya estaba ordenado, recibieron llamadas telefónicas desde el abonado celular N° 411-5884 que no sólo estaba registrado a nombre del Comisario Jorge Palacios sino que se comprobó que era él quién lo utilizaba, autoridad policial a quien Galeano designó en el decreto del 31 de julio 1994 para llevar a cabo los registros domiciliarios ordenados respecto de las fincas de la familia Kanoore Edul”. Más adelante el fiscal se pregunta “¿Qué otra razón que no fuese beneficiar a los Kanoore Edul pueden haber tenido estos llamados tan celosamente ocultados?”.

“Esto es parte de una gran maniobra para proteger a un imputado, Kanoore Edul. Ha quedado ampliamente demostrado, que esto surge a partir de un pedido que le hace el padre de Kanoore Edul al ex presidente Menem”, revela Nisman. En este marco, no se debe olvidar que la carrera de Palacios recibió un fuerte espaldarazo mientras Carlos Corach se desempañaba como Ministro del Interior.

La línea telefónica desde la que Palacios realizó las llamadas a los domicilios que se iban a allanar,   números que no figuraban en el sumario, es decir que sólo él los conocía, fue ocultada por el ex policía cuando el tribunal oral que juzgaba el atentado contra la AMIA se lo preguntó. Palacios sólo reveló la línea que le había dado la Policía Federal, otra conducta que implicaría cometer el delito de falso testimonio y que Montenegro prefiere soslayar.

Nisman sostiene que “las llamadas del Comisario Palacios no son ni de 3 ni de 5 segundos de duración, son de bastante tiempo más de poco menos de un minuto”; en respuesta a lo declarado por Montenegro en el programa que conduce Jorge Chamorro por Radio América, quien había declarado que se trataba de llamadas muy cortas. “es una explicación inverosímil e inconsistente”, explica Nisman sobre las declaraciones de Montenegro.

El ministro Montenegro habla de “animosidad” en la cerrada defensa que ensaya de Palacios, pero es muy probable que el flamante jefe de la Policía Metropolitana deba exponer argumentos bastantes más contundentes si quiere convencer al juez que actuó apegado a ley.