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EL RELATO NECESITA UN SERVICE

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Inexplicablemente el gobierno mantiene viva una protesta de suboficiales de Gendarmería y Prefectura, que en apariencia resolvería mañana martes. Apuesta al desgaste de hombres ya desgastados. A lo largo del fin de semana decidió pasar a disponibilidad a varios efectivos de la Gendarmería que habían oficiado como voceros del reclamo salarial que estalló como producto de la aplicación del Decreto 1307; que les recortó sus haberes en un 30 y en hasta un 50%. Es probable que el gobierno decida rechazar el petitorio que días atrás fue firmado por Sergio Berni, donde los uniformados pedían un sueldo mínimo de $ 7.000 y que no hubiera sanciones administrativas ni judiciales para los protagonistas del reclamos. Este último punto ya quedó comprobado que el gobierno no lo va a aceptar con los pases a disponibilidad que decidió y en cuanto al primero  se encuentra con un problema de fondos. Sin lugar a dudas, lo que decida el gobierno será decisivo para los pasos que seguirán gendarmes y prefectos.

Una vez más el gobierno ensayó una explicación conspirativa de lo que ocurre con las fuerzas de seguridad y la atribuyó a una “mano negra” que interpretó mal el decreto la protesta. Pero fue más allá e intentó equiparar un reclamo salarial, que es cierto que rompe la cadena de mando, a casi una asonada militar. Fue una clara agitación de los fantasmas del pasado que gran parte de la oposición compró firmando una declaración en defensa de la democracia.

En las teorías conspirativas que el gobierno pone en práctica para explicar su propia torpeza y falta de gestión, no podía faltar la figura de Héctor Magnetto como el CEO de esa “mano negra” que llevó a rebajar los sueldos de los efectivos de las fuerzas de seguridad. El legislador porteño Juan Cabandié, presidente del Frente para la Victoria de la Ciudad de Buenos Aires y miembro de La Cámpora, declaró a Radio La Red: “Acá el señor Magnetto es responsable de esto y no da la cara…Los socios políticos de Magnetto son todos aquellos que se arrastran para tener un segundito más en TN o un parrafito en Clarín. Ahora se han asustado y se hacen defensores de la democracia y las instituciones. Pero este monstruo Magnetto tiene la convivencia política, no ahora, sino hace años”.

LA ABSURDA LOGICA DE LOS NUMEROS

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En la Argentina impera la lógica de la movilización y de los números. Esta afirmación implica que para hacer un reclamo es necesario cortar una calle, una ruta o hacer una marcha a Plaza de Mayo; porque de otra manera los funcionarios que tienen que intervenir en el asunto directamente ignoran la petición y el problema. Por supuesto, que la movilización debe ser potente para ser tenida en cuenta, requisito que se mide no en la legitimidad o la gravedad del reclamo sino en la cantidad de gente movilizada. Así, la lógica del gobierno es sencilla y lineal: cuanta más gente movilizada, más importante es el reclamo. En este sentido, los medios tienen una lógica similar a la del gobierno y se preocupan por mostrar números luego de cada movilización importante; que por supuesto variarán de acuerdo a la proximidad o lejanía de cada medio con respecto al gobierno. En este contexto, es interesante comparar la cantidad de asistentes que tuvo la marcha reclamando por más seguridad. Para La Nación fueron más de 10.000, más de 7.000 para Clarín, unos 3.000 consignó Tiempo, en cambio para Diario Popular fueron “miles de personas” mientras que para Crónica apenas unos “centenares”. Es evidente que no se intenta preservar la objetividad es una cuestión tan fáctica como es la cantidad de personas que fueron a marchar. Los que inflan el número quieren resaltar la falta de políticas del gobierno y los que adrede subestiman la cantidad de concurrentes buscan restarle entidad al reclamo. Un gran absurdo.
¿Alguien puede creer que la falta se seguridad no es un problema en la Argentina? ¿Si a la marcha fueron unos pocos centenares el problema es menor o no existe? ¿Si asistieron cientos de miles entonces el problema merece una solución? Así, siguiendo el razonamiento podría esbozarse que la calidad de la solución también debería estar en relación con la cantidad de gente convocada. Más gente requiere una mejor solución, en cambio una menor cantidad de asistentes no necesita una solución demasiado potente porque el problema no debe ser demasiado grave.  En realidad todo es un razonamiento falso.

Nadie puede negar que la seguridad es el problema que más preocupación genera entre los argentinos. Miles de llamados a los medios y cientos de encuestan los prueban. Semana tras semana los medios se inundan de casos resonantes debido a la violencia de los hechos y a los antecedentes de sus autores; que luego de varios días ceden su protagonismo por la irrupción de un nuevo hecho que conmueve a la sociedad que impresiona más que el anterior. El mecanismo se repite una y otra vez y la mala noticia es que se seguirá repitiendo porque sencillamente nadie hace nada en serio para detener el ciclo. Ahora, la absurda guerra de los números que se juega en los medios y entre los políticos no tiene sentido. A esta altura de los acontecimientos, disminuir la cifra de los asistentes a una marcha ya no puede disimular el problema e inflarlos no lo va a dotar de mayor entidad. Por eso, es totalmente superfluo si en la Plaza de Mayo había 100 o 100.000 personas reclamando más seguridad. No importa porque es un dato menor frente a un problema mayor. El verdadero y más grave problema de la seguridad no es la seguridad, sino que ni el oficialismo ni la oposición tienen una verdadera decisión de solucionar el tema. Los primeros porque niegan la cuestión, apelando al mismo mecanismo que utilizan con la inflación. Los ministros Aníbal Fernández y Julio Alak ya han dicho que los delitos bajaron. Los segundos, porque más allá de las declaraciones de ocasión, no han presentado una verdadera propuesta que presione al oficialismo para discutir una verdadera política de Estado y temen que los primeros los acusen de totalitarios y represores.
Desafortunadamente, en la Argentina la discusión sobre la crisis de la inseguridad no pasa más allá de slogans entre la mano dura y el garantismo mal entendido, cuando ya está probado una y otra vez que ninguna de las dos posturas de extrema resuelve el problema, que al final todo queda circunscripto a la parálisis en la implementación de líneas de acción efectivas; que –al final-redunda en un agravamiento de la situación. En suma, lo que se ve es una gran falta de eficacia cuyo resultado son más muertos.
Mientras la marcha se llevaba adelante o había terminado poco antes, Orlando Barone –desde el nacional y popular 6,7,8- decía que lo que había era la implantación del miedo y que estaba preocupado, obviamente dejando entrever que detrás del reclamo se puede esconder una suerte de conspiración destituyente. Barone se escandalizaba porque la marcha había sido convocada bajo la consigna “Nos están matando”. Y sí Barone nos están matando, que querés que diga la gente; ¿que la culpa es de los grupos concentrados de poder que quieren disputarle el poder al matrimonio presidencial para volver al paradigma de los ‘90?. Barone vive en Suiza en el mismo barrio que Aníbal Fernández y Julio Alak.
No importa cuánta gente hubo en la marcha, el problema de la inseguridad no va a dejar más o menos grave y las especulaciones numéricas no harán más que agravarlo. Las soluciones no son fáciles ni rápidas pero es hora que el poder empiece a conmoverse por los muertos.

MATIAS BERARDI: ACA FALTA UN AMIGO

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Nunca escribo mis notas en primera persona, por esa regla que el periodista es un observador y debe mantener una prudente distancia de los hechos. Hoy es la excepción. Hace un rato terminó la marcha reclamando justicia por el secuestro y asesinato de Matías Berardi, que se hizo en la plaza central de Ingeniero Maschwitz. Acá en el pueblo que adopté como propio desde hace seis años, por eso en esta oportunidad me resulta difícil mantener la distancia que tenemos que tener los periodistas. Hoy, no quiero ser sólo un periodista también siento la necesidad de ser un vecino más de Maschwitz.

Todo el pueblo está en la marcha, me cruzo con mucha gente con la que nunca hablé pero que nos hemos visto las caras muchas veces. Después de haber cubierto muchas marchas, me impresiona ésta porque no está “aparateada”. Todos los que fueron a la plaza lo hicieron por su necesidad de reclamar justicia. No hay columnas organizadas siguiendo las órdenes de un puntero, no están ahí para que el político de turno los vea. Decenas de personas están allí porque quieren justicia. Hay chicos, muchos chicos que lloran y llevan carteles. Eso también impresiona. Cantan frente a la comisaria que “acá falta un amigo” y muchos se quiebran en llanto. Creo que son demasiado chicos para llorar la muerte de un amigo, que lo asesinaron porque sí o porque estuvo en el lugar equivocado en el momento justo.

No puedo calcular la cantidad de gente que hay, pero es mucha para este pueblo que a pesar de estar tan cerca de Buenos Aires todavía preserva bastante de pueblo. Pero también pienso que es poca frente a la cantidad de casos de inseguridad, expresión que termina siendo un eufemismo para disfrazar la cantidad de muertos a causa de un Estado ausente. La gente está indignada, tiene bronca y putea contra la policía, los políticos y las leyes. Después de una vuelta a la plaza, la concentración se congrega frente a la comisaría donde la marcha llega a su clímax.  Los chicos dirigen la marcha mientras que los adultos permanecen en un discreto segundo plano. ¿No son demasiado chicos?, me pregunto una y otra vez. Ellos deciden el cántico que van a entonar, se ponen adelante del resto frente a las puertas de la comisaria que permanece cerrada; todo un símbolo para un Estado que considera que la seguridad sólo es una sensación e incluso sus funcionarios como el Aníbal Fernández y Julio Alak no dudan en decir que el delito ha bajado. Obviamente, la gente congregada en la plaza de Maschwitz no piensan lo mismo. “Aníbal, Aníbal donde estás? Deja de hablar por Twitter y ponete a laburar”, cantaban los chicos espontáneamente, después empalmaban con “Acá falta un amigo” y no podía evitar conmoverme. Otra vez pensaba ¿No son demasiado chicos?

IMG00038-20101001-1734En la plaza de Maschwitz estaba la gente real, esa que no se ve desde las alturas de los helicópteros o que está demasiado lejos de las alfombras del poder. Había gente de todo tipo, algunos más acomodados que otros pero todos laburantes que muy probablemente les resulte muy lejano el culebrón de Papel Prensa o las construcciones retóricas de la Presidenta pero estaban allí pidiendo que el Estado dejara de decir ausente. Estaban allí pidiendo justicia y paz y que no los sigan matando. ¿Es mucho pedir?

Pensaba si Cristina y Néstor, si Aníbal Fernández y el resto de los voceros de siempre que tienen respuestas para todo hubieran estado ahí, palpando el drama de la gente real; no los problemas de las estadísiticas y de los índices fraguados por Guillermo Moreno. Me hubiera gustado que palparan lo que sentían los vecinos de Maschwitz entre los que habría votantes del kirchnerismo y de la oposición. Le reclamaban a un gobierno que se vanagloria de la presencia del Estado, la presencia del Estado. La contradicción en su máxima expresión.

Pocas veces ví tanta gente llorando, indignados, con bronca y salvo por unos pocos radicalizados, que siempre los hay, nadie pedía mano dura ni pena de muerte. La tristeza y la congoja se palpaba en el aire, se transmitía, se tocaba y por momentos los aplausos lo invadían todo haciendo que la escena ganara en dramatismo. Sentí que había más bronca y tristeza que sed de venganza.

Ingeniero Maschwitz es un pueblo de casas bajas y alrededor de su plaza está la iglesia, la comisaría, el banco y la delegación municipal; es un pueblo tipo. No experimentó la explosión de los barrios cerrados de Pilar y aún conserva esa fisonomía de antaño cuando la zona todavía no se había puesto de moda y la gente no emigraba desde Buenos Aires hacia sus alrededores buscando tranquilidad. Esta particularidad hace que la marcha por el crimen de Matias Berardi sea más potente y tal vez más impresionante. Maschwitz despidió a Matias Berardi en la plaza, con aplausos y lágrimas pero también con bronca y con impotencia frente a un Estado que sigue ausente.

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