Category Archives: Homenaje

¡GRACIAS NEGRA!

Mercedes Sosa

EL TIPO QUE ME CRUZABA EN LOS PASILLOS

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Se murió Fernando Peña, así directo y sin anestesia. Así nos enteramos todos, yo cuando entraba a la radio y me lo dijo Carlitos en la puerta. Me sentí para la mierda porque sin ser amigo y sólo por cruzarme por los pasillos con él durante años le tenía aprecio. Hay un montón de cosas que se pueden decir de Peña pero creo que ya se han dicho la mayoría. En una época, cuando La Metro y América compartía un largo pasillo en los estudios de la calle Honduras, Contrapunto y El Parquímetro salían a la misma hora. Oficina de por medio Fernando Peña preparaba su programa y yo el mío y siempre cruzábamos un par de palabras. Más allá de todo lo que dicen sobre él y sus polémicas, diariamente me encontraba con un tipo que era un verdadero laburante. Te dabas cuenta que disfrutaba lo que hacía y que al aire sus personajes parecía que los componía sin esfuerzo y que detrás sólo había un tipo que se sentaba delante de un micrófono y decía lo primero que se le venía a la cabeza. Seguro que había de eso pero también, detrás de esa naturalidad, había mucho trabajo que sostenía a esa espontaneidad y a esa naturalidad tan propia de Fernando. siempre portaba un par de cajas de plástico con rueditas que arrastraba por los pasillos de las que podían identificarse varios CDs y libros. La verdad es que lo voy a extrañar a Peña, ya no voy a volver a encontrarlo en los pasillos ni escuchar: “¿Qué hacés Pittón? Una cagada es lo único que puedo decir.

En la primera persona que pensé en cuanto me enteré que Peña había fallecido fue en Betty Elizalde, que fue su gran amiga y una persona a quien siempre aprecié y respeté. No quería entrevistar a cualquier boludo de la farándula para que contara que era transgresor y provocador. Quise entrevistar a Betty porque realmente lo conocía y lo quería entrañablemente. Por suerte pude hacerlo y ese reportaje lo podés escuchar debajo de estas líneas.

Fernando Peña no era mi amigo, ni siquiera puedo decir que era un conocido. No tenía su teléfono ni él el mío. No lo entrevisté nunca, aunque una vez me llevó al Parquímetro y me jodió unos quince minutos por mi forma de hablar mientras se metía en la piel de Martín Reboira Lynch. Peña era un tipo que me cruzaba en los pasillos pero lo voy a extrañar.

Betty Elizalde en Contrapunto

 

CARTA DE FERNANDO PEÑA A CRISTINA KIRCHNER

Cristina, mucho gusto. Mi nombre es Fernando Peña, soy actor, tengo 45 años y soy uruguayo. Peco de inocente si pienso que usted no me conoce, pero como realmente no lo sé, porque no me cabe duda que debe de estar muy ocupada últimamente trabajando para que este país salga adelante, cometo la formalidad de presentarme. Siempre pienso lo difícil que debe ser manejar un país… Yo seguramente trabajo menos de la mitad que usted y a veces me encuentro aturdido por el estrés y los problemas. Tengo un puñado de empleados, todos me facturan y yo pago IVA, le aclaro por las dudas, y eso a veces no me deja dormir porque ellos están a mi cargo. ¡Me imagino usted! Tantos millones de personas a su cargo, ¡qué lío, qué hastío! La verdad es que no me gustaría estar en sus zapatos. Aunque le confieso que me encanta travestirme, amo los tacos y algunos de sus zapatos son hermosísimos. La felicito por su gusto al vestirse.

Mi vida transcurre de una manera bastante normal: trabajo en una radio de siete a diez de la mañana, después generalmente duermo hasta la una y almuerzo en mi casa. Tengo una empleada llamada María, que está conmigo hace quince años y me cocina casero y riquísimo, aunque veces por cuestiones laborales almuerzo afuera. Algunos días se me hacen más pesados porque tengo notas gráficas o televisivas o ensayos, pruebas de ropa, estudio el guión o preparo el programa para el día siguiente, pero por lo general no tengo una vida demasiado agitada.

Mi celular suena mucho menos que el suyo, y todavía por suerte tengo uno solo. Pero le quiero contar algo que ocurrió el miércoles pasado. Es que desde entonces mi celular no deja de sonar: Telefe, Canal 13, Canal 26, diarios, revistas, Télam… De pronto todos quieren hablar conmigo. Siempre quieren hablar conmigo cuando soy nota, y soy nota cuando me pasa algo feo, algo malo. Cuando estoy por estrenar una obra de teatro –mañana, por ejemplo– nadie llama. Para eso nadie llama. Llaman cuando estoy por morirme, cuando hago algún “escándalo” o, en este caso, cuando fui palangana para los vómitos de Luis D’Elía. Es que D’Elía se siente mal. Se siente mal porque no es coherente, se siente mal porque no tiene paz. Alguien que verbaliza que quiere matar a todos los blancos, a todos los rubios, a todos los que viven donde él no vive, a todos lo que tienen plata, no puede tener paz, o tiene la paz de Mengele.

Le cuento que todo empezó cuando llamé a la casa de D’Elía el miércoles porque quería hablar tranquilo con él por los episodios del martes: el golpe que le pegó a un señor en la plaza. Me atendió su hijo, aparentemente Luis no estaba. Le pregunté sencillamente qué le había parecido lo que pasó. Balbuceó cosas sin contenido ni compromiso y cortó.

Al día siguiente insistí, ya que me parecía justo que se descargara el propio Luis. Me saludó con un “¿qué hacés, sorete?” y empezó a descomponerse y a vomitar, pobre Luis, no paraba de vomitar. ¡Vomitó tanto que pensé que se iba a morir! Estaba realmente muy mal, muy descompuesto. Le quise recordar el día en el que en el cine Metro, cuando Lanata presentó su película Deuda, él me quiso dar la mano y fui yo quien se negó. Me negué, Cristina, porque yo no le doy la mano a gente que no está bien parada, no es mi estilo. Para mí, no estar bien parado es no ser consecuente, no ser fiel.

Acepto contradicciones, acepto enojos, peleas, puteadas, pero no tolero a las personas que se cruzan de vereda por algunos pesos. No comparto las ganas de matar. El odio profundo y arraigado tampoco. Las ganas de desunir, de embarullar y de confundir a la gente tampoco. Cuando me cortó diciéndome: “Chau, querido…”, enseguida empezaron los llamados, primero de mis amigos que me advertían que me iban a mandar a matar, que yo estaba loco, que cómo me iba a meter con ese tipo que está tan cerca de los Kirchner, que D’Elía tiene muuuucho poder, que es tremendamente peligroso. Entonces, por las dudas hablé con mi abogado. ¡Mi abogado me contestó que no había nada qué hacer porque el jefe de D’Elía es el ministro del Interior! Entonces sentí un poco de miedo. ¿Es así Cristina? Tranquilíceme y dígame que no, que Luis no trabaja para usted o para algún ministro. Pero, aun siendo así, mi miedo no es que D’Elía me mate, Cristina; mi miedo se basa en que lo anterior sea verdad. ¿Puede ser verdad que este hombre esté empleado para reprimir y contramarchar? ¿Para patotear? ¿Puede ser verdad? Ése es mi verdadero miedo. De todos modos lo dudo.

Yo soy actor, no político ni periodista, y a veces, aunque no parezca, soy bastante ingenuo y estoy bastante desinformado. Toda la gente que me rodea, incluidos mis oyentes, que no son pocos, me dicen que sí, que es así. Eso me aterra. Vivir en un país de locos, de incoherentes, de patoteros. Me aterra estar en manos de retorcidos maquiavélicos que callan a los que opinamos diferente. Me aterra el subdesarrollo intelectual, el manejo sucio, la falta de democracia, eso me aterra Cristina. De todos modos, le repito, lo dudo.

Pero por las dudas le pido que tenga usted mucho cuidado con este señor que odia a los que tienen plata, a los que tienen auto, a los blancos, a los que viven en zona norte. Cuídese usted también, le pido por favor, usted tiene plata, es blanca, tiene auto y vive en Olivos. A ver si este señor cambia de idea como es su costumbre y se le viene encima. Yo que usted me alejaría de él, no lo tendría sentado atrás en sus actos, ni me reuniría tan seguido con él.

De todas maneras, usted sabe lo que hace, no tengo dudas. No pierdo las esperanzas, quiero creer que vivo en un país serio donde se respeta al ciudadano y no se lo corre con otros ciudadanos a sueldo; quiero creer que el dinero se está usando bien, que lo del campo se va a solucionar, que podré volver a ir a Córdoba, a Entre Ríos, a cualquier provincia en auto, en avión, a mi país, el Uruguay… por tierra algún día también.

Quiero creer que pronto la Argentina, además de los cuatro climas, Fangio, Maradona y Monzón, va a ser una tierra fértil, el granero del mundo que alguna vez supo ser, que funcionará todo como corresponde, que se podrá sacar un DNI y un pasaporte en menos de un mes, que tendremos una policía seria y responsable, que habrá educación, salud, piripipí piripipí piripipí, y todo lo que usted ya sabe que necesita un país serio. No me cabe duda de que usted lo logrará. También quiero creer que la gente, incluso mis oyentes, hablan pavadas y que Luis D’Elía es un señor apasionado, sanguíneo, al que a veces, como dijo en C5N, se le suelta la cadena. Esa nota la vio, ¿no? Quiero creer, Cristina, que Luis es solamente un loco lindo que a veces se va de boca como todos. Quiero creer que es tan justiciero que en su afán por imponer justicia social se desborda y se desboca. Quiero creer que nunca va a matar a alguien y que es un buen hombre. Quiero creer que ni usted ni nadie le pagan un centavo. Quiero creer que usted le perdona todo porque le tiene estima. Quiero creer que somos latinos y por eso un tanto irreverentes, a veces también agresivos y autoritarios. Quiero creer que D’Elía no me odia y que, la próxima vez que me lo cruce en un cine o donde sea, me haya demostrado que es un hombre coherente, trabajador decente con sueldo en blanco y buenas intenciones.

Cuando todo eso suceda, le daré la mano a D’Elía y gritaré: “Viva Cristina”… Cuántas ganas tengo de que todo eso suceda. ¿Estaré pecando de inocente e ingenuo otra vez? Espero que no.

La saluda cordialmente,

Fernando Peña

EL PAIS A MEDIA ASTA

La noticia corrió vertiginosa: Raúl Alfonsín falleció. A partir de ese momento la gente comenzó a llegar a su casa, la misma de siempre, en la Avenida Santa Fé. Aparecieron los de siempre, aquellos que siempre están atentos a gozar de un minuto de fama y capitalizarlo políticamente y otros que verdaderamente sienten una genuina estima por la figura del ex presidente. Pero también estuvo la gente, esa misma gente que por estas horas llega al Congreso Nacional para darle un último saludo.

Es difícil pensar que otro político argentino pueda tener el poder de convocatoria a raíz de su fallecimiento. Incluso esta circunstancia motivó que Cristina Kirchner hablara con Julio Cobos, hasta el final Alfonsín siguió haciendo política. Desde luego, el pequeño diálogo no habrá pasado de las formalidades del caso pero ahí estuvo la mano de Alfonsín. 

Raúl Alfonsín fue un dirigente que prestigió la política, hoy totalmente devaluada. Creía firmemente que la política y el sistema democrático son herramientas idóneas para cambiar la realidad del pueblo. En una época donde es políticamente correcto, donde vivimos regidos por la tiranía de las imágenes; Alfonsín siguió apegado a sus principios por convicción. La gente le reconoce eso y por eso el país se paró cuando se enteró de su fallecimiento. Una muestra de ello había ocurrido en 1999 cuando hacía campaña por la helada Río Negro. La camioneta en la que viajaba volcó y Alfonsín fue el más accidentado de los que viajaban en el ella porque no estaba usando el cinturón de seguridad. En aquel momento el país también se paralizó aunque más tarde suspiró aliviado cuando se enteró que había esquivado a la muerte. Esta vez no pudo ser.

El Presidente Raúl Alfonsín cometió muchos errores e incurrió en numerosas contradicciones, dos características de los grandes hombres. Es cierto que en su gobierno se descalabró, que la inflación que le dejó a su predecesor era galopante, que había cortes de energía programados, que la gente se agolpaba en los supermercado corriendo una carrera contra los empleados que no le daban respiro a las máquinas de remarcar y se tuvo que ir cinco meses antes de terminar su mandato. Es cierto, Alfonsín pasó a la historia por esos hechos conmocionantes y le costaría varios años reconciliarse con la misma gente que puso en él no pocas esperanzas. Pero también Raúl Alfonsín pasó a la historia, aún antes de morir, como un defensor de los Derechos Humanos, como el presidente que se animó a juzgar a las Juntas; una decisión que no se atrevió a tomar ningún mandatario de América Latina.

Los expertos en ciencias políticas sostienen que cada gobierno lleva una impronta, sin dudas la de Alfonsín fueron los derechos humanos y reconstruir los cimientos institucionales de un país que salía de la negra noche de la dictadura. Mucho se ha hablado acerca de este periodo e incluso se lo ha criticado por las leyes de Obediencia Debida y Punto Final, pero a mediados de los ochenta el contexto político no era sencillo. La estructura represiva estaba muy enquistada en las fuerzas armadas y en las de seguridad, y tenían bastante predicamento y potencia como hacerle tres planteos y un ataque guerrillero. Alfonsín se mantuvo, evitó que corriera la sangre y literalmente le puso el cuerpo a los hechos cuando fue a entrevistarse con Aldo Rico. Es cierto se lo puede criticar pero también hay que destacar que en ese entonces había que tener muchas agallas para sentar en el banquillo de los acusados a los genocidas. Hoy no son pocos los que enarbolan la bandera de los derechos humanos pero parece que la descubrieron hace poco y ahora es fácil señalar y criticar cuando en América Latina y en el mundo civilizado no hay discusión sobre la importancia de la cuestión. La diferencia es que Alfonsín fue uno de los constructores de ese cambio, no sólo en el país sino también en la región y en el mundo. Por eso, no es casual que las publicaciones extranjeras destaquen esto en todas sus crónicas y lo denominen como el mandatario que llevó adelante el Nüremberg argentino.

Raúl Alfonsín también se encargó de cimentar las instituciones, y a pesar de ser el primer presidente de la democracia renacida, la Argentina en ese entonces parecía bastante más civilizada que la actual. La política era de mejor calidad y existía el diálogo. El día de la asonada militar de Rico cuando Alfonsín anunció que iba a verse con el militar rebelde, a su lado estaba Italo Luder, a quien había derrotado en las elecciones. Hoy es inimaginable una foto así. No cabe duda que la Argentina ha bajado su calidad institucional y las agresiones reemplazaron a la búsqueda de un consenso real y no declamado.

Alfonsín también fue el que impulsó la ley de divorcio vincular plantándose a la Iglesia que sentenciaba el fin de la familia, y terminó siendo todo lo contrario porque gracias a eso pudieron regularizar su situación más de seis millones de argentinos. No dudó en firmar con Carlos Menem el Pacto de Olivos para que éste tuviera su reelección, pero aprovechó a colar varios institutos que posibilitaron que hoy tengamos una constitución de avanzada. Es cierto también que en esas reformas también se colaron algunas por cierto negativas, pero el balance sigue siendo bueno. Tuvo la visión de poner los primeros ladrillos de lo que es el Mercosur y también puso la piedra basal para terminar las disputas fronterizas con Chile que casi nos llevan a una guerra. Todos estos fueron los legados de Raúl Alfonsín. Un político tozudo, contradictorio, democrático, a veces errado y otras acertado.

El mejor homenaje que pudo recibir Raúl Alfonsín fue toda esa gente que se acercó a su casa a despedirlo con velas y banderas argentinas, y los que se acercaron al Congreso a verlo por última vez. ¿Cuántos políticos de los que hoy parecen poderosos serán despedidos así? Hoy el pueblo despide a un estadista. 

UN AÑO CON MENOS SONRISAS

EN SU MEMORIA

Estoy en Neuquén y hoy saliendo de su capital me encontré, de pronto, en el lugar exacto donde fue asesinado el maestro Carlos Fuentealba. De inmediato frené y traté de imaginarme cómo fue todo aquello, en el mismo lugar donde hoy pasaban autos y camiones indeferentes, Fuentealba se econtró cara a cara con la muerte luego que un policía le disparara por la espalda.
El viento en Neuquén sopla inclemente y sin tregua, en el lugar hay un mastil sin bandera. Tal vez, lo que haya querido ser un memorial hoy se encuentra olvidado e ignorado, pero allí está el lugar donde el maestro dio su última clase. Estas líneas y la foto que ilustra este posteo intenta ser un modesto homenaje en su memoria.

¡ADIOS MAESTRO!