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SUBTE: MACRI PAGA EL COSTO POLITICO

mauricio-macri.28-12jpgEl gobierno acaba de cerrar una jugada política exitosa. Transfirió la administración y gestión de los subterráneos, gracias a lo cual se ahorró cientos de millones de pesos en subsidios y lo obligó a Mauricio Macri a hacerse cargo del costo político del aumento la tarifa del pasaje que alcanzará los $ 2,50; lo que equivale a un incremento del 127%.

La novela del traspaso del subte había comenzado casi simultáneamente con el anuncio del gobierno del desmantelamiento de los subsidios a los servicios públicos. El kirchnerismo disfrazó el anuncio bajo el paraguas de la autonomía de la Ciudad de Buenos Aires, disimulando el verdadero objetivo que es el de ahorrarse los fondos que destinaba a ese medio de transporte para mantener el valor del pasaje en $ 1,10. Al principio el macrismo no vio la verdadera jugada del gobierno y celebró la medida hasta que entendió que había caído en una trampa y fue cuando comenzaron los tironeos. El gobierno buscaba completar la transferencia lo antes posible, mientras que el gobierno de la Ciudad de Buenos Aires pedía tiempo para estudiar los costos y principalmente las condiciones del acuerdo. El Jefe de Gobierno, Mauricio Macri, rápidamente advirtió que si el traspaso se hacía sin los subsidios, el boleto treparía a los $ 3,70. En sintonía con lo que había declarado su Ministro de Hacienda Néstor Grindetti. Los cruces entre funcionarios de ambas administraciones siguieron en los medios y hasta Cristina Fernández de Kirchner le pidió a Macri “un esfuercito” para hacerse cargo del servicio en su primera aparición público después que se anunciara que padecía un cáncer de tiroides.

Finalmente, el miércoles se firmó el acta de transferencia del subte a la Ciudad de Buenos Aires. En ella, el gobierno nacional se comprometió a mantener la mitad de los subsidios que venía desembolsando por el término de un año es decir unos $ 360 millones. La jugada se había concretado y la víctima de la maniobra fue Mauricio Macri. A fin de atenuar los daños, el gobierno de la Ciudad decidió no perder tiempo y aumentar el valor del pasaje. El objetivo fue que el público se diera cuenta que el tarifazo no se debe a decisión caprichosa de la administración porteña, sino que obedece a que el gobierno nacional decidió recortar la mitad del monto que destinaba a subsidiar a las seis líneas de subterráneos. Sin embargo, es difícil que Macri puede zafar de la encerrona que le tendió el kirchnerismo y evitar pagar el costo político de haber tomado la decisión de aumentar la tarifa; una medida que sin dudas genera malestar en la vida cotidiana de la gente.

Por su parte, el gobierno nacional disfrazó la transferencia del subte pregonando el respeto por la autonomía de la Ciudad de Buenos Aires; argumento que nunca utilizó cuando ambas administraciones discutía el traspaso de la Policía Federal. En esa oportunidad el kirchnerismo minimizó la autonomía y varios de sus voceros se refirieron a la Ciudad casi como un simple municipio.

Las verdaderas intenciones del gobierno nacional en llevar adelante la transferencia del subte no tiene nada que ver con la autonomía de la Ciudad. Las causas hay que buscarlas en el ajuste que el kirchnerismo comenzó a implementar, que tiene como medida central hasta el momento el desmantelamiento de los subsidios a la electricidad, al gas y al agua. En este marco, sacarse de encima el subte fue una medida exitosa porque ahorra $ 360 millones y obliga a Mauricio Macri a pagar el costo político del aumento de la tarifa del pasaje. Una decisión que cualquier hombre de negocios calificaría de “win win”. Pero además, como el Presupuesto Nacional fue aprobado con la totalidad de los subsidios que el gobierno proyectaba destinar a los servicios públicos y que ahora no se desembolsarán, esas partidas podrán ser utilizadas sin el control del Congreso.

Los resultados del maniobra del gobierno quedaron rápidamente a la vista. El descontento de los pasajeros del subte se evidenció en las largas colas que hicieron en las boleterías para adquirir tarjetas de diez viajes a $ 1,10. Los gremios anunciaron que como medida de protesta contra el aumento levantarán los molinetes en las horas pico y un grupo de legisladores porteños anunció que acudirá a la justicia para interponer una medida cautelar con el objetivo de suspender el aumento.

Al asumir su segundo mandato, Mauricio Macri intentó romper la mecánica de la mala relación con el gobierno nacional. Pensó que con esa “buena onda”, a la que es tan afecta el PRO, el gobierno de Cristina Fernández redefiniría la convivencia entre ambas administraciones haciéndola más civilizada. Hasta ahora los hechos estarían demostrando que se equivocó.

NO RENUNCIO A MIS SUBSIDIOS

factura1El gobierno, no se puede negar, es hábil construyendo el “relato” del modelo; que viene a ser una justificación pseudo intelectual para explicar sus propias contradicciones y que queden disimuladas. Lo hizo muchas veces, pero sin lugar a dudas el mecanismo llegó a su clímax con el operativo para desmantelar los subsidios que el kirchnerismo distribuyó a mansalva en estos últimos ocho años. Convirtió un ajuste al mejor estilo conservador propio de la década de los ‘90 en algo “cool” y “fashion” como los Ray Ban espejados, Palermo Hollywood y los Mini Cooper.
En los noventa los ajustes se imponían desde afuera, se cumplían a medias y producían lo que Felisa Miceli, la ministra de economía que encontró un montón de plata en su baño y todavía trata de explicar el fenómeno, denominaba “la paz de los cementerios”. Resulta que ahora el ajuste pasó a convertirse en la sintonía fina para la profundización del modelo nacional y popular, pero con un grado de cinismo que carecían aquellos de la década menemista. El gobierno pretende que cada uno se autoajuste y las usinas oficiales lo explican como un acto patriótico y los voceros de siempre ahora se escandalizan frente a esta herramienta que le ha servido al kirchnerismo, no sólo para asistir a los que menos tienen, sino también como eficaz instrumento de acumulación de poder. Es más, los constructores del relato han convertido la renuncia a los subsidios en una acción políticamente correcta y militante. Hoy, renunciar a los subsidios es fashion y hasta lo podés hacer por internet mientras mirás 6,7,8. Eso sí, si hay miseria que no se note.
El kirchnerismo es paradojal. Los mismos funcionarios que hasta hace diez minutos defendían el sistema de subsidios, ahora hacen cola para que sus nombres figuren en la lista de los que dieron el paso al costado. Es un acto de militancia y de compromiso con el modelo. Aníbal Fernández ya se parece a un economista del CEMA y en cualquier momento Julio De Vido empieza a desempolvar los discursos de Anne Kruger y Anoop Sing. No quiero dar ideas pero en cualquier momento se viene una ola privatizadora, defendida por Ricardo Forster y su delicioso grupo de amigos.
Como no podía ser de otra manera, la Presidenta figura al tope de la lista, claro, en una renuncia testimonial porque en Olivos es impensable que los presidentes paguen las boletas de luz, agua y gas. Y, en lo que tiene que ver son sus propiedades personales, es claro que una persona con la fortuna que tiene Cristina Fernández de Kirchner no debe calificar para seguir siendo subsidiada; aunque hasta ahora no se sepa con claridad el criterio que Julio De Vido utilizará para decidir quién se queda y quien se va.
En lo personal no voy a renunciar a los subsidios que recibo en mis boletas de servicios públicos. Sí, lo sé, en estos tiempos es casi un acto de rebeldía sacrílega. Una decisión políticamente incorrecta y, por cierto, nada fashion ni cool que me convierte en un personero de la puta oligarquía como diría el amigo Eduardo Aliverti. Si el gobierno se quedó sin la plata suficiente para seguir manteniendo los subsidios que repartió a diestra y siniestra y sin ningún criterio racional; que pague el costo político de hacer el ajuste noventista que impulsa bajo el ropaje de progresismo. Pero que no me pida a mí que haga el trabajo sucio por ellos. No voy a ser cómplice del cinismo institucionalizado que disfraza el autoajuste como un acto de patriotismo. Además, los subsidios son la única herramienta a través de la cual percibo que el Estado me devuelve en algo los impuestos que pago. Y ello no es poca cosa en un país donde hay que pagar seguridad privada, educación privada y medicina privada; tres servicios que debe prestar el Estado pero que, como muchos creemos, no lo hace de manera eficiente.
En otra contradicción enorme, en donde nada es lo que parece, por un lado el gobierno empieza a desmontar el sistema de subsidios con el discurso que la Argentina está mejor que antes y que muchos sectores ya no los necesitan. Aunque muchos de esos sectores jamás los necesitaron como los bingos, casinos y los vecinos de Puerto Madero, una barriada popular elegida por muchos funcionarios kirchneristas para estar más cerca del pueblo. Pero por otro lado el Congreso se apresta a revalidar la vigencia de la Ley de Emergencia Económica. ¿Estamos bien pero vamos mal? No se entiende o mejor dicho sí se entiende, con la emergencia económica la Presidenta tiene una serie de facultades discrecionales que le permite tomar decisiones sin pasar por el Congreso.
Quiero seguir subsidiado porque no es justo que tengamos a pagarle a Mariano Recalde y sus compañeros de facultad un curso para que aprendan a manejar Aerolíneas Argentinas, y me tenga que bancar afrontar toda la factura de luz yo solo con el sudor de mi frente. Por cierto, factura de luz que ahora va a aumentar como consecuencia de usar el aire acondicionado, eso sí a rigurosos 24 grados, y el filtro de la pileta. Es más, tampoco está bien que tenga que pagar la tarifa plana de gas y un cargo por importación porque en ocho años el gobierno prefirió comprarle gas a Bolivia y fuel oil a Venezuela en vez de invertir en exploración en el país. Países hermanos que nos vendieron esos combustibles a los precios fijados por los grandes grupos hegemónicos del anarco capitalismo. No, no y no. Ni piensen que voy a renunciar a mis subsidios; los quiero, estoy enamorado de ellos. Es más, ya ni puedo imaginarme una boleta de Edenor sin la leyenda “Consumo con Subsidio del Estado Nacional”. No creo poder seguir afrontando la vida sin solazarme con ese cuadro comparativo de tarifas que hace que me sienta orgulloso de vivir en la Provincia de Buenos Aires. Por ejemplo, en Julio de este año mi consumo de electricidad tuvo un subsidio de $ 81,98, gracias a lo cual pagué sólo $ 65,23. En cambio si hubiera sido santafesino tendría que haber abonado $ 166,53, pero peor me hubiera ido si viviera en Córdoba ya que mi consumo hubiera alcanzado los $ 170,18 y todo esto lo sé gracias a un simpático cuadrito comparativo confeccionado por el ENRE e impreso en mi boleta “a título meramente informativo”. Dicho sea de paso, raro que no hayan comparado con provincias gobernadas por kirchneristas de pura cepa como Capitanich o Gioja, sólo por dar dos ejemplos mal intencionados propios de un periodista de la “opo”. Bueno, después de todo son los privilegios que tenemos los derrotados de Caseros en un país federal y popular. Dios podrá estar en todas partes, pero por suerte el kirchnerismo atiende en el Conurbano, que con el 54% de los votos tiene más adhesiones que el Creador del Cielo y de la Tierra. Es obvio que no quiero pagar lo mismo que un santafecino o un cordobés y mucho menos que los $ 515,31 que hubiera tenido que abonar un chileno que vive en Santiago pero peor serían los $ 642,84 que paga un uruguayo. Perdón, pero yo vivo en el Conurbano y pertenecer tiene sus privilegios y quiero seguir subsidiado.