Foto: La nación

El «milagro» de retroceder diez años en quince días

El 29 de agosto de este año, hacía pocos días que Alberto Fernández había ganado las Paso. Se mostraba como la cara de un kirchnerismo dispuesto a enmendar los graves errores cometidos en sus tres periodos presidenciales. Eran tiempos en que se mostraba conciliador y repetía una y otra vez que necesitaba de todos para poner a la Argentina de pie. Ese día se reunió con la Mesa de Enlace, ámbito que congrega a las principales cámaras del sector agropecuario. El por entonces futuro presidente llevó un discurso conciliador, pidió olvidar el conflictivo pasado del sector con kirchnerismo y mantener siempre un canal de diálogo abierto. Ese Alberto Fernández era candidato y necesitaba agradar a la mayor cantidad de votantes y sectores que lo miraba con resquemor por sus sociedad con Cristina Fernández de Kirchner. Necesitaba votos. Eran tiempos de cerrar grietas, luchar por los jubilados y convencer a los incrédulos que Cristina había madurado, que reconocía errores y la mejor prueba era la reconciliación de ambos luego de una separación de casi una década. El candidato afirmaba que se iba a ocupar de los jubilados y que no se podía someter a los argentinos a más ajuste luego de la gestión de Mauricio Macri.

Dos semanas después de asumir la presidencia el candidato dio paso al presidente Alberto Fernández y comenzó lo que todo mandatario hace: acumular poder. La mega ley que hace pocos días aprobó el Congreso, además de ser un fenomenal plan de ajuste de entre U$S 6.000 a 9.000 millones, aunque se lo haya bautizado de Solidaridad y Reactivación Productiva, se trató de eso también. La transferencia de una enorme cuota de poder que le delegó el Congreso, que para los gobiernos peronistas siempre fue un estorbo.

El presidente Fernández puso primera y ajusta sobre los jubilados, sube las retenciones, más allá que lo llame readecuación del esquema implementado por el gobierno anterior, reinstaura la doble indemnización por despido, cierra aún más el cepo, desdobla el mercado cambiario y, al igual que Mauricio Macri, terminó asestando un brutal golpe impositivo sobre la clase media.  

El peronismo se apropia de términos grandilocuentes como solidaridad, reactivación y equidad para encubrir más ajuste y mayor presión tributaria sin que el Estado haga un esfuerzo similar al que le exige a cierta parte de la población. El presidente afirma que los argentinos deben dejar de pensar que comprar dólares es un derecho humano. Al igual que lo intentó hacer Axel Kicillof en sus tiempos al frente del ministerio de economía, Alberto Fernández parece estar dispuesto a emprender una batalla cultural para cambiar la mentalidad de los argentinos. Es probable que como otros que intentaron lo mismo fracase. El error radica en que la obsesión de los argentinos por el dólar es la consecuencia y no la causa. El problema es que la constantes políticas implementadas por distintos gobiernos, salvo el periodo de la Convertibilidad y durante una parte del gobierno de Néstor Kirchner, el peso se ha depreciado en forma constante. Como dicen los economistas, no es reserva de valor. En cambio, el que apostó al dólar probablemente no se haya hecho rico pero pudo preservar sus ahorros. Los políticos argentinos jamás entendieron que para terminar con el problema del dólar hay que proteger el peso. Alberto Fernández no es la excepción. Es una guerra cultural que si persiste en seguir los pasos de sus antecesores saldrá derrotado.

El ministro de economía Martin Guzman es un misterio. Muchos le recriminan que por el hecho de haber vivido tanto tiempo en los Estados Unidos no está capacitado para comprender en forma acabada la crisis estructural que padece la Argentina y menos para resolverla. El dilema con el ministro no ese ese, lo extraño es que habiendo vivido tanto tiempo en una de las ciudades más capitalistas y libres del mundo las medidas que tiene para ofrecer sean las mismas que ya fueron implementadas y que no dieron resultado. Es por cierto extraño que no tenga algo más novedoso.

En solo dos semanas el presidente Alberto Fernández ha conseguido hacer retroceder la Argentina unos diez años. La prueba más contundente de esta afirmación es la foto del tractorazo en Rosario para protestar por la suba de las retenciones que ilustra este artículo. Lejos de las promesas de campaña, el presidente Fernández emerge como un peronista clásico que transformó el ajuste en “solidaridad”. La acostumbrada retórica del peronismo: decir una cosa y hacer la opuesta. Pero Alberto Fernández es más hábil que Mauricio Macri, que también la emprendió contra la clase media sin reparar que allí se encontraba en núcleo duro de sus votantes. En cambio, el presidente sabe que en su caso el costo es mínimo. Las postales se repiten, la Argentina rumbo –una vez más- a cometer los mismos errores.

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