Bolivia, Evo Morales y el relato progresista

Desde que estalló la crisis boliviana que desembocó en la salida del poder de Evo Morales, la Argentina se zambulló en un debate sobre si allí había ocurrido un golpe de estado o no.

El presidente electo Alberto Fernández no solo definió lo sucedido con un golpe de estado sino que lo comparó con las asonadas de la década del setenta y responsabilizó, en parte, a los Estados Unidos de ser su autor intelectual en línea con el argumento que esgrime el ex presidente boliviano. “El de Bolivia es un golpe de estado que tiene casi la misma característica que en la década del 70”, declaró el diputado Leopoldo Moreau en Contrapunto por Radio Led.

El progresismo porteño recorta la realidad en forma conveniente para que se adapte a su propio pensamiento. Así, Alberto Fernández usa el doble standard cuando se le pregunta si en Venezuela existe una dictadura. Titubea, se pone de mal humor y define al régimen de Nicolás Maduro como un gobierno autoritario. Más tarde, sus exégetas aportan definiciones técnicas para explicar por qué aquello no es una dictadura pero que la caracterización de autoritario es igualmente grave. Pero todo el mundo sabe que no significan lo mismo.

El otro argumento esgrimido por el arco progresista es que Morales fue derrocado por ser indígena y que sus políticas irritaron a la oligarquía de Bolivia y por supuesto a los Estados Unidos que vienen por el agua, el litio y cualquier otra cosa de valor. Olvidan que Evo gobernó Bolivia por más de trece años, que reformó la Constitución para ser reelecto por tercera vez, que llamó a un plebiscito para conseguir un cuarto periodo y que el pueblo le dijo que no. Ignoró la voluntad popular y consiguió un fallo del Tribunal Constitucional a su favor para presentarse. Cuando el escrutinio empezó a arrojar resultados que lo obligarían a competir en una segunda vuelta apagó todo y lo suspendió. A partir de ahí estalló el escándalo. Todos esos hechos no existen o deben ser parte del “lawfare”, tan de moda en estos días para explicar que cualquier cosa es parte de una conspiración entre medios de comunicación,  jueces y grupos de poder económico concentrados.

El periodista Santiago O’Donnell, jefe de la sección Mundo de Página 12, al analizar la crisis boliviana afirma sobre Evo Morales: “Lo que nadie quiere ver es que salió todo Bolivia a echarlo a patadas del Palacio Quemado y eso es difícil de ver porque fue un gran presidente muy querido que hizo muchísimas cosas pero que cometió el error de pensar que era imprescindible”, explica en Contrapunto. A juicio del periodista sobre la crisis que genera Evo Morales se monta una derecha radicalizada que son unos impresentables que salen a cazar periodistas y militantes del Mas.

El problema con el progresismo argentino es que solo ve una parte de la crisis. Recorta aquello que le es funcional a su propio relato como excusa para explicar sus propias contradicciones.  Sostiene que se trató de un golpe de estado orquestado por los militares porque un general nombrado por Evo Morales, que al asumir en diciembre de 2018 se declaró “soldado del proceso de cambio” —que es como el Movimiento al Socialismo (MAS) llamaba a la transformación que impulsó— le sugirió que renunciara. Después Morales renunció. La sugerencia del militar y el informe de la OEA no le dejaron espacio político para continuar en el poder. Sin embargo, se omite que antes de eso, la Central Obrera Boliviana y la Central de Trabajadores Mineros; históricos aliados de Evo también le habían pedido que renunciara.

Evo Morales no deja el poder porque era un presidente indígena comandando una revolución social sin precedentes. No es cierto ese argumento enarbolado por los progresistas argentinos. El generó y precipitó una crisis institucional porque quiso eternizarse en el poder y después, como afirma O´Donnell, “se choreó las elecciones”. Decir esto no significa apañar al gobierno de facto encabezado por la senadora Añez, que empieza a mostrar preocupantes signos de estar demasiado cómoda como presidente interina. Evo Morales es uno de los principales responsables de la crisis que atraviesa su país, sin con ello justificar la persecución de periodistas, militantes del Mas y violaciones a los derechos humanos del actual gobierno boliviano. Pero convertir a Evo Morales sólo en una víctima implica la construcción de un relato que, como tal, es funcional a enmascarar la verdad y construir una “realidad paralela”. Algo a lo que el kirchnerismo ya nos tiene acostumbrados. La real víctima no es Evo, es Bolivia y su pueblo. Es imposible no asombrarse por el resultado económico de Morales. Según la consultora IDESA, desde su llegada al poder el ingreso «per capita» en dólares creció un 190% cuando en la Argentina apenas fue del 47% en el mismo periodo. La inflación promedio de Bolivia fue de 4% anual mientras que en la Argentina superó el 30% y la deuda pública representa sólo el 36% del PBI cuando acá supera el 80. Las cifras son contundentes y no dejan margen de dudas. Evo Morales fue todo lo contrario a Mauricio Macri en el manejo de la economía.

Alberto Fernández tuvo una participación importante en la coordinación del operativo, junto con los gobiernos de México y Paraguay, para que Evo Morales pudiera salir de Bolivia y poner a salvo su vida.  A diferencia de Mauricio Macri que prefirió hacerse el desentendido y cumplir con mensajes de circunstancia sin ningún contendido sustancial. Probablemente, su actitud habría sido distinta si el que escapa para proteger su vida hubiera sido el presidente chileno Sebastián Piñera.  En ese aspecto, la actitud del presidente electo fue coherente con la tradición argentina de privilegiar las cuestiones humanitarias. Nadie podrá criticarlo por ello, sino todo lo contrario.  

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