El urnazo que no fue

A pesar de haber ganado, al kirchnerismo le quedó un sabor amargo. Vaticinaban un golpe mortal a Juntos por el Cambio pero ese urnazo no llegó. El humorista Dady Brieva no se explicaba por qué el oficialismo obtuvo un 40% de los votos y comparaba el resultado electoral con haber comido en un restaurante de Palermo Hollywood, “donde comés pero te quedas con hambre”. Brieva cree que sólo el odio por el peronismo llevó a casi la mitad del país a votar por un gobierno que no le ha ido nada bien. El integrante de Midachi, como muchos kirchneristas, concibe la victoria como arrasar al rival de tal manera que queda políticamente destruido.
No es odio lo que llevó a votar a muchos por Mauricio Macri, más allá que puede haber casos, es simplemente miedo al kirchnerismo. Es miedo a la soberbia, al pensamiento único, a los “juicios populares” de Hebe de Bonafini, al dedito de Alberto Fernández y a su fusión con Cristina Fernández de Kirchner cuando dijo que eran lo mismo, a los escraches, a la lógica de 6,7,8, a la impunidad institucionalizada y a la corrupción como viga maestra de su modelo político. Eso es lo que no entiende Brieva ni muchos kirchneristas, porque lo que aterra a muchos es lo que otros consideran su más preciado capital político.
Pero no se trató solo de eso. Después de las Paso la todavía coalición gobernante asimiló el golpe y cambió drásticamente su campaña. Mauricio Macri literalmente salió a ponerle el cuerpo a la campaña con las marchas del Sí se Puede. Adoptó posturas más parecidas a la de un pastor electrónico con un discurso poblado de metáforas y frases motivacionales pero que despertó esperanzas en importantes sectores de la sociedad. En cada escala de su marcha congregaba a miles de personas y no se trató sólo de un fenómeno porteño.
En cambio, Alberto Fernández subestimó el tramo que le faltaba recorrer luego del promisorio resultado de las Paso. La diferencia era tan abultada que empezó a cometer errores. Se parecía a esos boxeadores que tienen una notoria superioridad frente al rival pero no la suficiente como para noquearlo. Deben seguir tirando golpes y se van cansando y lo que se suponía una victoria aplastante termina siendo apenas un triunfo. En este sentido Alberto Fernández dejó de lado su principal atributo, ser un peronista independiente que no tuvo problemas en abandonar el gobierno de Cristina Fernández de Kirchner cuando ella se radicalizó. Pasó de ser un neokirchnerista a fusionarse con la ex presidente. Entonces muchos no dudaron en interpretar que su “independencia” del kirchnerismo había sido una farsa. Al final no se trataba de ese hábil negociador pragmático que fue un eficiente jefe de gabinete de Néstor Kirchner, sino de un delegado del Cristina Fernández. A ello se sumó algunos episodios de maltrato a periodistas que le preguntaron cosas que no quería responder y el cuadro quedó completo. El kirchnerismo en su peor versión estaba de vuelta.
En los dos capítulos del debate presidencial, Alberto Fernández no pudo disimular el desprecio que siente por Mauricio Macri. Lo trató como a un chico caprichoso, rico y que no tiene idea de lo que ocurre en su gobierno y mucho menos en la Argentina. Además, lo acusó de armarle negocios a sus amigos y presagiarle una larga recorrida por Tribunales; probablemente contestando acusaciones a los mismos jueces que durante su gobierno dictaron cuestionables y severas prisiones preventivas a ex funcionarios del kirchnerismo que luego del resultado de las Paso comenzaron a liberar. Ninguna novedad para cualquier argentino de más de cuarenta años.
Astuto, en el primer debate Macri lo dejó correr a Fernández. Apenas respondió sus golpes con algunas estocadas débiles. Parecía Rocky Balboa en la segunda entrega de la saga cuando le gritaba a Apollo Creed que le pegara para que se cansara. De ese primer debate surgió el tema del “dedo” de Fernández que se convirtió en una marca registrada de la última parte de la campaña de Macri.
En cambio, en el segundo debate Macri empezó a devolver los golpes en igualdad de condiciones. Alberto Fernández quedó muy mal parado en el tema de la corrupción. De hecho, el presidente electo nunca pudo dar una explicación sólida que explicara ese tema. No hay dudas que será su karma a lo largo de todo su mandato. Una y otra vez Fernández blandió el argumento que jamás fue llamado por un juez. La explicación no fue suficiente, en todo caso lo pone a salvo a él en lo personal pero no lo exonera políticamente; en especial cuando anuncia que es lo mismo que Cristina Fernández de Kirchner. Macri tuvo éxito en pegarlo políticamente a la corrupción del kirchnerismo y el Fernández nunca pudo salir.
¿Qué hubiera pasado si Macri hacía esta campaña desde un principio? Es una pregunta difícil de contestar, pero también es difícil no caer en la tentación de afirmar que le hubiera ido mejor y tal vez hoy la Argentina debiera prepararse para un ballotage. También es cierto que los resultados del gobierno son realmente malos y la buena gestión siempre rinde sus frutos. Algo de lo que pueden dar fe Horacio Rodríguez Larreta, que hizo la mejor elección en la Ciudad de Buenos Aires sacando 55% de los votos y Jorge Macri; para quien la portación de apellido no fue un obstáculo para conseguir su reelección en Vicente López por una aplastante victoria de 62,54% de los votos frente a su principal rival, Lorenzo Beccaría (Frente de Todos), que se ubicó segundo con un 26,88%. Un resultado que coloca al primo del presidente saliente como un claro competidor para la gobernación de la provincia de Buenos Aires.
Los resultados ponen al peronismo muy lejos de aquel 54% que consiguió Cristina Fernández de Kirchner en su reelección y que la llevó a vaticinar que iba por todo. Hoy con ocho puntos de diferencia no hay dudas que los sueños hegemónicos no tienen cabida. Los argentinos aprendieron. Castigaron a un gobierno que no escuchó y le dijeron que por acá no era. Devolvieron al kirchnerismo al gobierno, pero le recortaron el poder. El Congreso no será una escribanía del Poder Ejecutivo, y Alberto Fernández deberá negociar, buscar consensos y superar la grieta; especialmente con una economía que está en el borde del precipicio. El actual oficialismo que se prepara para asumir como oposición, ejercerá un férreo control sobre el kirchnerismo. En este escenario no sería raro que el radicalismo adquiera un mayor protagonismo gracias a su extensa experiencia parlamentaria.
Mauricio Macri no fue sepultado por una avalancha de votos. Sólo perdió la elección que está lejos de una derrota definitiva. Es claro que su espacio político no queda disgregado como le sucedió a la Alianza después de su traumática salida del poder. Ahora depende de la dirigencia de Juntos por el Cambio cómo desempeñar el rol de oposición y qué hará el propio Macri.
Alberto Fernández le sacó a Mauricio Macri 8 puntos, lejos de los 15 que vaticinaban muchas encuestadoras y analistas políticos. Lo cierto es que Alberto Fernández bajó 1,39% con respecto a las Paso pero el dato más sorprendente es que Mauricio Macri consiguió una remontada de 7,44% de los votos. Sin lugar a dudas una recuperación notable para un gobierno tan maltrecho. Por estas horas hay un sinfín de preguntas que todavía tienen pocas e imprecisas respuestas, pero hay dos cosas seguras que en política los milagros no existen y nadie está muerto. Es lógico que Dady Brieva no lo termine de digerir.

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