Candidatos al desnudo

El debate, aunque aburrido en su dinámica porque se trata de evitar que los candidatos justamente debatan, fue un excelente ejercicio par los argentinos. Así que más allá de qué candidato ganó o perdió la primera conclusión es que los principales triunfadores fueron los votantes. Como no podía ser de otro manera, abundaron las promesas; muchas de las cuales serán cumplidas tardíamente o a medias y otras sencillamente serán desechadas.

En la primera edición del debate presidencial se descubrió que Alberto Fernández es el kirchnerismo que muy probablemente vuelva a partir del próximo 10 de diciembre que Mauricio Macri, aunque derrotado, está decidido a dar pelea hasta el final.

Por esas peculiaridades que tiene la política argentina, el presidente llegó al debate como el retador más que como un presidente en busca de un segundo periodo. En cambio, en principio Alberto Fernández tenía una situación mucha más sencilla de su parte. Era el indiscutido triunfador de las Paso y desde esa victoria la política comenzó a girar alrededor de su figura. Había dejado de ser el mero dependiente de Cristina Fernández de Kirchner y desde ese 11 de agosto se había preocupado en mostrarse moderado tratando de dejar en claro que él era la cara de un neo kirchnerismo que estaba naciendo. La pelea la tenía ganada de antemano. Sólo necesitaba seguir desempeñando su papel. En frente estaba su principal oponente el presidente Macri. Desgastado, cansado y con un perfil de pastor evangélico que le imprimió a su marcha del Sí se Puede.

En un principio era lógico pensar que los dos protagonistas de la noche concentrarían su fuego uno el otro ignorando a los otros cuatro candidatos. Ellos fueron los protagonistas indiscutidos de la noche. Los otros fueron meros teloneros, entre los que sobresalió José Luis Espert; que aprovechó el hecho de ser un “presidenciable” y fue el que se mostró con mayor grado de audacia. A diferencia del resto de los candidatos jamás intentó mostrarse como políticamente correcto y no suavizó su ideología. Todo lo contrario y fue uno de los pocos que planteó una verdadera propuesta de campaña: el arancelamiento de la UBA para financiar becas para aquellos que no tienen recursos para financiar sus estudios universitarios y el regreso del examen de ingreso. Una y otra vez hizo hincapié en adoptar el libre comercio como el camino más eficaz para alcanzar el desarrollo y poder pagar la deuda externa.

Juan José Gómez Centurión jamás pudo encajar de manera eficaz su discurso en los tiempos pautados por las reglas del debate. Blandió un discurso nacionalista y por supuesto enfatizó su postura contraria a cualquier forma de despenalización del aborto dejando de lado el detalle que la práctica se encuentra parcialmente despenalizada en el país desde hace décadas. Roberto Lavagna intentó en todo momento mostrarse como la voz de la experiencia y un hombre de estado. Al contrario que Gómez Centurión en varias oportunidades pareció que el tiempo que tuvo para hablar era demasiado extenso para lo que tenía que decir.  El ex ministro de economía de Eduardo Duhalde y Néstor Kirchner, a quien alguna vez se lo imaginó como el candidato capaz de romper la polarización entre Mauricio Macri y Cristina Fernández de Kirchner, termina esta campaña totalmente diluido. Finalmente, Nicolás Del Caño, el candidato de la izquierda, quien no tuvo la audacia que su colega Gabriel Solano, mostró algo de picardía al conceder treinta segundos de su tiempo en homenaje de los campesino ecuatorianos. El resto de sus propuestas las típicas de la izquierda como la nacionalización de los factores estratégicos de producción y tratar de tener más relación con la juventud socialista de los Estados Unidos, que según sus dichos está creciendo.

Cualquiera habría pensado que era la oportunidad de Mauricio Macri para arrinconar a Alberto Fernández en temas como la corrupción del kirchnerismo, Venezuela, las estadísticas ocultas y tergiversadas, el sistema mediático financiado a base de publicidad oficial para acallar las voces independientes, la pelea con el campo entre muchos otros temas controversiales del kirchnerismo. Sin embargo, el presidente nunca atacó directamente al candidato del peronismo. No mencionó a Cristina Fernández de Kirchner ni menospreció a su oponente. Una y otra vez habló de los logros de su gobierno y en su característico tono monocorde repitió una y otra vez que iba por más. Sólo se permitió en una oportunidad ser irónico con el candidato a gobernador Axel Kicillof.

Alberto Fernández, que probablemente esperaba que Macri lo atacara directamente y con ferocidad, pareció descolocado. A medida que fue avanzando el debate, el candidato del Frente de Todos fue perdiendo la moderación que mostró desde que fue ungido como candidato a presidente por CFK. Así, en el último tercio mostró un enorme grado de desprecio por Mauricio Macri. Lo acusó de ignorar la situación del país y de su propio gobierno y fundamentalmente de mentiroso. Exhibiendo una indignación un poco forzada también lo acusó de corrupto al permitir que sus amigos de beneficiaran con la fuga de capitales y beneficiar a los usureros en detrimento de los jubilados. Fernández trató de poner a Macri en la posición de un chico rico caprichoso en vez que en la de un adversario político.

La estrategia de Fernández fue claramente errada porque, en vez de mostrarse como un candidato moderado, se exhibió como un kirchnerista hecho y derecho. Así, una pelea que ganaba con solo “hacer la plancha”, la terminó desgastado y con bronca. Hablándole sólo a los que ya lo votaron en las Paso y lo volverán a elegir. Fernández terminó como un candidato enojado lejos del aplomo necesario que necesita un presidente. En cambio, Mauricio Macri se mostró con más aplomo y más sereno. Fue capaz de amalgamar las roles de presidente y de candidato sin que ninguno opacara al otro. Defendió su gobierno pero sin la soberbia que exhibía cuando una y otra vez decía que había un único camino en aquellos tiempos donde anunciaba que los argentinos se enamorarían de Christine Lagarde, la ex directora gerente del FMI. Pero tal vez, el mensaje más importante que envió el presidente fue que está dispuesto a pelear hasta el último minuto para permanecer en el poder.  Sería un milagro pero hoy muchos en el macrismo afirman que ese milagro está un poco más cerca.

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