Creer en milagros

Es el último día de invierno en Buenos Aires. La funcionaria está sentada detrás de su escritorio oficial, como un capitán al mando del timón de su barco. Cerca de ella reposa un mate de silicona fucsia que no tocará durante toda la charla, un símbolo de popularidad. Pide un té verde. Milita junto a Mauricio Macri desde los tiempos del presidente en la jefatura de gobierno de la Ciudad de Buenos Aires y está alineada a Marcos Peña; el devaluado jefe de gabinete acusado de ser el responsable de casi todos los males que afronta la alianza gobernante.

Comienza el diálogo anunciando que ese día había estado con el presidente Mauricio Macri en Olivos. Que lo vio muy entusiasmado y que la alianza de gobierno está dispuesta a dar pelea hasta el final. Al igual que su jefe afirma que Alberto Fernández no ganó nada en las Paso, que la verdadera contienda comienza ahora. La pregunta es más que obvia : Si el kirchnerismo no ganó nada por qué reperfilaron parte de la deuda, instauraron un control de cambios limitado, le sacaron el IVA a los alimentos y despidieron a Nicolás Dujovne; aquel ministro que cuando hacía de comentarista televisivo afirmaba que la Argentina no debía volver al FMI. La funcionaria ignora la pregunta y se limita a decir que escucharon a la gente y gracias a ello tomaron medidas en las que no creen. Toda una gran contradicción. Poner en marcha medidas en las que no se cree es una garantía de fracaso. La mujer lo dice con despecho y solo dice que aun cuando este gobierno deba irse el 10 de diciembre ha generado muchos cambios profundos en la Argentina que no podrán ser barridos por una hipotética próxima administración kirchnerista.

“No está muerto quien pelea”, afirma la funcionaria como quien recita un libro de autoayuda y remata: “ellos no ganaron nada”. No se parece en nada a la dirigente política reflexiva, racional y realista que este cronista conoció más de una década atrás. Es inevitable pensar los estragos que hace el poder en la personalidad de los dirigentes.

En un intento por proseguir la conversación, le planteo que suponiendo que finalmente Mauricio Macri consiga ser reelecto cómo se imagina un segundo gobierno de Juntos por el Cambio. Es claro que no podrán hacer lo mismo que llevaron a cabo desde el 2015. La funcionaria parece desorientada. Hace una mueca de fastidio. Es evidente que las charlas motivacionales que se imparten en la Casa Rosada y en Olivos no abordan esa temática. El interrogante requiere una respuesta racional divorciada de lo que queda de la épica macrista. Cortante responde: “Ahora estamos en campaña”; como si la pregunta se encontrara fuera de lugar. Le replico que justamente es en una campaña electoral donde los candidatos explican cuáles son sus propuestas y con más razón luego de cuatro años de una gestión ampliamente desaprobada.

La funcionaria se enoja y oportunamente interviene su asesora de prensa, hasta ese momento testigo mudo, de un diálogo difícil de calificar. Explica que Alberto Fernández tendrá muchos problemas con la política exterior y su posición en relación con la dictadura de Nicolás Maduro. Afirma que los Estados Unidos no ayudarán a la Argentina. La funcionaria agrega que hay miles de millones de dólares de los norteamericanos listos para desembarcar en la Argentina si Macri es reelecto. Afirma que no puede dar más detalles sobre esas hipotéticas inversiones. Entonces le pregunto por qué no los invirtieron antes. Interrumpiendo un sorbo de su té verde, con un fastidio indisimulable, la funcionaria responde que “los norteamericanos quieren ver que le podemos ganar al peronismo”. Le explico que me cuesta entender el argumento porque ellos le ganaron al peronismo en el 2015 y en el 2017 y esas dichosas inversiones jamás llegaron, por qué lo harían ahora que la situación argentina es infinitamente peor aun cuando Macri siguiera al frente del gobierno.

Visiblemente enojada y con una gran dosis de impotencia la funcionaria tajante sentencia: “Yo creo en milagros”. Rápidamente se pone de pie dando por concluida la fallida entrevista. El único problema es que la política no cree en milagros.

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