Alto, rubio y de ojos celestes

Días atrás un operador de Wall Street escribió desde su cuenta de Whattsapp: “Acá a Alberto Fernández se lo ve cada vez más alto, rubio y con los ojos más celestes”. Al día siguiente, el presidente Mauricio Macri y Alberto Fernández, el candidato más votado en las Paso, convergieron sin cruzarse en un seminario organizado por el Grupo Clarín. Mientras el primero explicaba su derrota, el segundo habló como un presidente en funciones; fue llamativo el lenguaje corporal de ambos. Macri parecía encorvado en una silla que aparecía como demasiado grande para contener su adelgazada humanidad. Alberto Fernández, en cambio, enfrentaba al auditorio desde la suya con las piernas abiertas; una postura que denota el poder masculino dirán los especialistas de la comunicación gestual. Hablaba del futuro en tono seguro, mientras Macri daba testimonio del pasado. Por momentos, el presidente parece seguir aturdido por la derrota.

Los candidatos rindieron examen ante el círculo rojo que una vez más demostró que su poder no está a merced de los vaivenes electorales; es permanente. Fernández le hablaba a Héctor, que es Magnetto; el mismo que en tiempos de la tercera presidencia kirchnerista  fue tratado como el responsable de los males que azotan a la Argentina. Era el anfitrión y los candidatos se rendían ante él. Una demostración de poder impresionante. El Grupo Clarín triunfaba una vez más.

El candidato más votado denostó a aquellos que escupieron las fotos de los periodistas y ponían en riesgo la libertad de prensa; una verdadera política de estado implementada por su compañera de fórmula a la que calificó de “delirio”. En tono conciliador propuso olvidar esa época y sumarse a construir un país distinto basado en el diálogo y la unión. Una expresión de deseos en boca de cualquier candidato, que indefectiblemente dejará de lado al llegar al poder. Criticó sin mencionarlo a 6,7,8 pero también advertía a “los del otro lado” que le tiraron huevos a Agustín Rossi en lucha de la 125 y los que insultaron a Axel Kicillof en un Buquebús mientras llevaba alzado a su pequeño hijo. Fernández habló de los unos y los otros. Propuso olvidar todo, empezar de nuevo y cerrar esa grieta para no repetir la historia.

Más allá de sus buenas intenciones, el candidato parte de un error y es el de “olvidar” lo que sucedió. Si lo que verdaderamente se quiere es no volver a tropezar con la misma piedra debe hacerse exactamente lo opuesto. Los sudafricanos no olvidaron el apartheid, ni los alemanes el nazismo, ni la Argentina lo que fueron las atrocidades cometidas por la dictadura y el terrorismo. La memoria es lo que le permite a los países no repetir los errores del pasado y avanzar.

Alberto Fernández tiene la difícil tarea de diferenciarse de Cristina Fernández de Kirchner pero con la suficiente sutileza de no convertirse en su antagonista. Debe capitanear un espacio político que ya decidió que ahora tiene que ser “market friendly” pero que antes se mofaba de Thomas Griessa llamándolo “juez municipal”. El posible próximo presidente se encuentra en la difícil tarea de desmentir gran parte del relato kirchnerista construido a fuerza de cadenas nacionales y “periodismo” militante. Debe decirse que Fernández lo está haciendo en forma muy eficaz. Luego de repetir una y otra vez que no está en sus planes forzar un default de la deuda argentina, que no seguirá los pasos de Nicolás Maduro y que piensa ayudar a Mauricio Macri a terminar su mandato de la mejor manera posible; el candidato del kirchnerismo empezó a generar confianza en los mercados y el establishment lo aprobó más por necesidad que por convencimiento. La pérdida de poder político de Macri es tan estrepitosa que hoy es solo un candidato formal con muy pocas chances de recuperación. Sin embargo, las chances matemáticas existen y las elecciones aún tienen que celebrarse. Mauricio Macri recibió un importante apoyo en la Ciudad de Buenos Aires y en otras ciudades del país. Desde uno de los balcones de la Casa Rosada agradeció y dijo que da vuelta la elección. Se emocionó, se abrazó a sí mismo varias veces y miró al cielo otras tantas agradeciendo y pidiendo otra oportunidad. El presidente no pierde las esperanzas y Marcos Peña construye mil escenarios para demostrar que conseguir la reelección no es una misión imposible.

Sin embargo, la realidad de ese poder real que Macri tan bien conoce no tiene esa lealtad por la camiseta. Deben ser prácticos. Deben responder a sus accionistas. No es una cuestión de buenos y malos. Por caso, Marcos Galperín, Eduardo Costantini y Martin Cabrales por nombrar a tres empresarios que hasta hace poco eran aliados del gobierno ya peregrinaron a las oficinas de la calle Méjico. El poder se corrió. Lo mismo pasó con varios periodistas que ensayaron “autocríticas” y que no se dieron cuenta los efectos del ajuste llevado a cabo por el gobierno sin un horizonte claro. Por supuesto, los jueces federales no iban a quedarse atrás y una vez más demostraron que sus reflejos políticos siguen intactos. La causa del correo resucitó de manera sorpresiva, lo mismo que el dilatado escándalo del soterramiento del ferrocarril Sarmiento. A ello se sumó el pedido de información del juez Claudio Bonadío sobre la obra del Paseo del Bajo. Son señales políticas inequívocas que entienden que la Argentina se encuentra en una transición de poder político; más allá de lo que digan los calendarios electorales.

Al día siguiente del seminario organizado por e Grupo Clarín en el Malba, el periodista Marcelo Bonelli, que sabe decodificar con precisión el pulso del círculo rojo,  publicaba un jugoso artículo que mostraba de manera brutal la soledad de la derrota por la que atraviesa el presidente. Dejó de ser aquella esperanza que llegaba para romper viejos paradigmas y cambiar la lógica de la política tradicional. El poder, los mercados, el establishment, el círculo rojo o como quiera llamárselo ya le hizo saber que dejó de ser su candidato. Alberto Fernández debe tomar nota de estas imágenes, porque hace no mucho tiempo Mauricio Macri también era alto, rubio y de ojos celestes.

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