Diciembre está muy lejos

“No perdimos la elección, nos echaron” El que habla es un diputado provincial de Juntos por el Cambio, cercano a la gobernadora María Eugenia Vidal. Era la tarde del martes y había terminado otra jornada con los mercados en retirada. Los efectos del presidente insomne en la conferencia de prensa del día anterior, enojado con la gente que optó mayoritariamente por Alberto Fernández, llevan al legislador oficialista de calificarla de “nefasta”.

Los días que siguieron fueron vertiginosos. Rumores de todo tipo, anuncios de medidas económicas impensadas, tardías y de dudosos efecto. Elisa Carrió fuera de sí pasando facturas a diestra y siniestra al borde de la desesperación y el ridículo. Periodistas que durante casi cuatro años daban clases de independencia ejerciendo el oficialismo empezaban a recalcular. En las entrañas de las redes sociales el oficialismo desplegaba una ofensiva que se chocaba con una realidad que había inexorablemente había cambiado el domingo por la noche. Esa militancia electrónica llamaba a fiscalizar la elección de octubre como si hace una semana le hubieran birlado el resultado, aparecían “ciudadanos comunes” haciendo estrambóticos cálculos matemáticos que demostraban como le reelección de Mauricio Macri no estaba finiquitada. Las teorías conspirativas de fiscales escandalizados que habían vistos “cosas raras” se multiplicaban. El emoticon con el brazo musculoso, una marca registrada del PRO, se reproducía en las redes una y otra vez procurando convencer a los que están convencidos. Testimonios sin nombre de ciudadanos temerosos y desesperados frente a lo que viene fueron constantemente reenviados por Whattapp. Muchos de esos audios directamente destilaban bronca y odio por el desagradecimiento de los argentinos con Macri. Algunos de esos mensajes decían: “que se caguen de infelices por negros putos e ignorantes… los odio”, “Son vagos y quieren todo desde la asistencia. Que se jodan. Y ojalá vivan eternamente cagados de hambre”, “les deseo que se hundan en el barro”, “ojalá que sus hijos ante de terminar el primario sean reclutados como soldaditos narcos”, “estos cabecita negras ignorantes, no les importa vivir como personas”, “si la clase media reacciona así merece morirse”. La polarización en su máximo esplendor, pero ineficaz para modificar la sensación de un gobierno en retirada después de la tremenda derrota. Lloraban sobre la leche derramada.

Alberto Fernández, el presidente virtual y Mauricio Macri, el presidente formal, mantenían un tenso y breve diálogo que servía para descomprimir un poco la situación. Luego Fernández diría en declaraciones radiales que un dólar a sesenta pesos estaba bien. Los mercados se tranquilizaron un poco y quedó demostrado que el candidato del neo kirchnerismo es el hombre con mayor poder político de la Argentina. Muchos empezaron a convencerse que no es el títere de Cristina Fernández de Kirchner ni el “fronting” de La Cámpora. El peronismo estaba de vuelta en el gobierno sin haber asumido. Aquel viejo axioma del PJ que reza que “te acompaña hasta la puerta del cementerio pero que no entra” cobró una inusitada vigencia.  Es un trayecto lejano aún y lleno de obstáculos y amenazas, pero como sea Mauricio Macri tiene que llegar al 10 de Diciembre. Por eso los triunfadores de las Paso no hacen olas. Alberto Fernández repite como un mantra que va a ayudar en todo lo que pueda a que Mauricio Macri termine su mandato, Cristina Fernández no aparece por ninguna parte y Axel Kicillof dejó de hablar de economía.

Nicolás Dujovne consiguió su objetivo: se bajó del barco cerrando su etapa en la función pública con una carta de renuncia dirigida al presidente que encabeza con un “querido Mauricio”; y continua con un nivel de informalidad que llama mucho la atención. Un demostración de frivolidad preocupante.  Dujovne pasará a la historia como Hernán Lorenzino, aquel ministro de economía del kirchnerismo que en una entrevista en que una periodista lo interrogaba sobre la inflación, con cara de desesperación dijo: “me quiero ir”. Hoy pocos se acuerdan de Lorenzino, aunque pasará mucho tiempo antes que la Argentina se olvide de Dujovne.

Su reemplazante es Hernán Lacunza, ministro de economía de la Provincia de Buenos Aires. Un funcionario eficiente que supo sortear con destreza el descalabro que dejó Daniel Scioli. Nadie pone en duda sus dotes de economista. Sin embargo, la pregunta que hay que hacerse es cuál será su margen  de maniobra luego de una semana en que el gobierno lanzó una batería de medidas que no surgieron del equipo económico. Y que tampoco se conocen sus resultados.

¿Qué podrá hacer ahora para que el tránsito hasta el 10 de diciembre sea menos fatigoso? Es posible que ante la desesperación de un dólar fuera de control y de un poder político en estado vegetativo, el presidente haya equivocado los tiempos y el orden de los factores. Hubiera sido mejor hacer rápidamente todos los cambios de gabinete necesarios. De esa manera, se hubiera conseguido una renovación del gobierno y evitar los rumores que aún siguen por ejemplo en torno de la figura de Marcos Peña. Así, el nuevo equipo económico habría tenido un mayor margen para preparar medidas económicas y de no quedar atado a las que ya se lanzaron. Desafortunadamente, una vez más le presidente cometió el mismo error del año  pasado cuando en vez de cambiar el gabinete drásticamente, se limitó a gibarizarlo convirtiendo varios ministerios en secretarías. Esa lógica del bonsái fue la que primó en esta oportunidad pero en un contexto mucho más adverso. A veces parece que en los más altos niveles del gobierno no se comprende que ahora la crisis es política con consecuencias económicas y que el 10 de diciembre está muy lejos.

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