¡AFUERA!



La Presidenta Cristina Kirchner decidió la salida de Alberto Abad, titular de la Afip, y de Ricardo Echegaray, que estaba al frente de la Aduana. La interna entre estos dos funcionarios había estallado hace tiempo atrás cuando Echegaray decidió cuestionar la efectividad del Sistema María.
En los papeles Abad era el superior de Echegaray, pero éste le decía a su jefe que sólo recibía órdenes de Néstor Kirchner. No hay que olvidar que se trataba de un pingüino que anteriormente había sido titular de la Aduana de Río Gallegos. Por su parte, Abad llegó a la Afip de la mano de Eduardo Duhalde y gracias a los resultados de la recaudación, pudo sortear la purga de funcionarios duhaldistas que el kirchnerismo implementó luego que Duhalde y Kirchner se enfrentaran. El Jefe de Gabinete Alberto Fernández era su principal apoyo, y a él había recurrido días atrás para exigir el alejamiento de Echegaray. El ex ministro de economía de la Provincia de Buenos Aires, Gerardo Otero, un viejo amigo de Abad, respondió en Contrapunto que el ahora ex titular de la Afip no es de esos funcionarios atornillados a una silla.
Los efectos de la interna de los ahora flamantes ex funcionarios también se evidenciaron en varias renuncias y remociones de hombres que respondían a uno y otro bando. Una muestra de ello puede observarse en los fundamentos de la renuncia presentada el 26 de febrero de este año por el Jorge De Cicco, que se desempeñaba como Subdirector General Técnico Legal Aduanera. En su dimisión, Di Cicco señala: “Hallándome en uso de la licencia anual por vacaciones he contemplado a la distancia y en función del tiempo de reflexión disponible que, lejos de procurarse reencausar un trabajo conjunto las diferencias se generalizan, acercándonos peligrosamente a un estado de cosas que compromete seriamente el futuro de la Institución Aduanera. Estamos avanzando para quedarnos sin organismo y sin organización. La articulación ordenada de los órganos que integran la Dirección General se ha perdido. Actualmente se habla de alineamiento “con el Director” o “contra el Director”, en un ejercicio que resulta perjudicial para el Organismo todo. Advierto con desazón que la dirección, la ejecución, la jerarquía, la coordinación y el control pilares fundamentales de toda organización ya no existen, lo que torna imposible de realizar en forma ordenada, integral y uniforme las funciones administrativas asignadas…..se ha perdido todo control de la situación produciendo un ataque abierto a las nuevas autoridades designadas ene el ámbito de la Subdirección General de Control y aquellas que han sido confirmadas en la Subdirección General de Operaciones Aduaneras del Interior. En el primer caso, se impide el desarrollo de la gestión desde su inicio, restándole participación en la conducción; sin advertir ni entender que se trata de funcionarios designados y confirmados por la máxima autoridad de la Administración Federal de Ingresos Públicos, en el marco de las facultades que le son propias”. Estas líneas extractadas del texto de renuncian del Subdirector Di Cicco, ponen de relieve el alto grado de confrontación entre Abad y su subordinado. Inclusive dejan entrever casi un estado de rebeldía por parte de Echegaray al no aceptar los nombramientos de su jefe.
El conflicto entre Abad y Echegaray tiene varias similitudes con el mantienen Martín Lousteau y Guillermo Moreno. En este caso, al igual que sucedía con Echegaray, Moreno no acepta recibir órdenes de su superior formal porque su base de sustentación está en Puerto Madero. La diferencia de esta pareja es que ninguno amenazó con renunciar si el contrincante seguía en su cargo, nadie se atrevió a pronunciar la sentencia: “Es él o yo”. Lousteau y Moreno se enfrentaron pero no sacaron los pies del plato, siempre respetaron la principal “regla de etiqueta” del kirchnerismo: saludo uno, saludo dos.
El doble comando existe y la interna entre Abad y Echegaray es una prueba más ello, ya que el primero perfectamente podría haberle pedido la renuncia al segundo y no lo hizo. Pero también se percibe cierta debilidad en el manejo de la “tropa”, como consecuencia de un poder que atiende en Balcarce 50 y en Puerto Madero simultáneamente. El lector sabrá diferenciar entre la casa matriz y la sucursal. No fueron pocos los que intentaron interpretar la renuncia de ambos funcionarios como un gesto de firmeza de la Presidenta, aunque sin embargo parece ser todo lo contrario. Cristina no pudo acallar una interna entre son funcionarios que, aunque importantes, ni siquiera tenían el cargo de ministro. Y, para cortar por lo sano, terminó desprendiéndose de Alberto Abad que había demostrado ser eficiente sin generar los escándalos de su colega bonaerense Santiago Montoya. Queda claro que este gobierno no admite personalidades fuertes y al parecer premia la lealtad a la eficiencia.

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